Paulo Coelho
El Peregrino
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Llegamos donde estaba Petrus y nos despedimos. Salimos
de Roncesvalles en la mañana; la neblina ya había desapareci-
do por completo. Un camino recto y plano se abría ante noso-
tros, y comencé a distinguir las marcas amarillas de las que me
había hablado el padre Jorge. La mochila estaba un poco más
pesada porque compré una garrafa de vino en la taberna, a pe-
sar de que Petrus me había dicho que no era necesario. A partir
de Roncesvalles habría centenas de pueblecitos a lo largo del
camino y muy pocas veces dormiría a la intemperie.
el padre Jorge me habló de la Segunda Venida de Cristo
como si fuese algo que estuviera ocurriendo ya.
—Y siempre está ocurriendo. Ése es el secreto de tu espa-
da.
—Además, dijiste que me encontraría con un brujo y me
encontré con un cura. ¿Qué tiene que ver la magia con la Igle-
sia católica?
Petrus dijo sólo una palabra:
—Todo.
La crueldad.
Habíamos caminado durante cinco días seguidos, sólo nos
deteníamos para comer y dormir. Petrus continuaba bastante
reservado sobre su vida personal, pero indagaba mucho sobre
Brasil y sobre mi trabajo. Dijo que mi país le gustaba mucho,
porque la imagen que mejor conocía era el Cristo Redentor en
el Corcovado, con los brazos abiertos y no torturado en una
cruz. Quería saberlo todo y cada cierto tiempo me preguntaba
si las mujeres de mi país eran tan bonitas como las de aquí.
Durante el día, el calor era casi insoportable, y en todos los
bares y pueblecitos a los que llegábamos las personas se que-
jaban de la sequía. Debido al calor, dejábamos de caminar en-
tre las dos y las cuatro de la tarde —cuando el sol estaba más
caliente— y adoptamos el hábito español de la siesta.
Aquella tarde, mientras descansábamos en mitad de un oli-
var, un anciano campesino se acercó y nos ofreció un trago de
vino. Aun con el calor, el hábito de beber vino formaba parte
hacía siglos de la vida de los habitantes de aquella región.