Paulo Coelho
El Peregrino
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La presión del dedo de Petrus en mi nuca se volvió más in-
tensa. Tuve la impresión de que la torre de la iglesia se trans-
formaba: la silueta de la cruz parecía un hombre con alas, un
ángel. Parpadeé y la cruz volvió a ser lo que era.
—El primer síntoma de que estamos matando nuestros
sueños es la falta de tiempo —continuó Petrus—. Las personas
más ocupadas que conocí en mi vida siempre tenían tiempo pa-
ra todo. Las que no hacían nada siempre estaban cansadas, no
hacían ni el poco trabajo que debían realizar, y se quejaban
constantemente de que el día era demasiado corto. En realidad,
tenían miedo de librar el Buen Combate.
"El segundo síntoma de la muerte de nuestros sueños son
nuestras certezas. Porque no queremos ver la vida como una
gran aventura para ser vivida, comenzamos a creernos sabios,
justos y correctos en lo poco que le pedimos a la existencia. Mi-
ramos más allá de las murallas de nuestra cotidianidad y oímos
el ruido de las lanzas que se quiebran, el olor del sudor y de la
pólvora, las grandes caídas y las miradas sedientas de conquis-
ta de los guerreros, pero nunca sentimos la alegría, la inmensa
alegría presente en el corazón de quien está luchando, porque
para ellos no importan ni la victoria ni la derrota, sólo librar el
Buen Combate.
—Finalmente, el tercer síntoma de la muerte de nuestros
sueños es la paz. La vida se convierte en una tarde de domingo
y ya no nos pide grandes cosas, ni exige más de lo que quere-
mos dar. Entonces creemos que somos maduros, dejamos de
lado las fantasías de la infancia y alcanzamos nuestra realiza-
ción personal y profesional. Nos sorprende cuando alguien de
nuestra edad dice que aún quiere esto o aquello de la vida. Pe-
ro en realidad, en lo más íntimo de nuestro corazón, sabemos
que lo que sucede es que renunciamos a luchar por nuestros
sueños, a librar el Buen Combate.
La torre de la iglesia no cesaba de transformarse y en su
lugar parecía surgir un ángel con las alas abiertas. Por más que
parpadeara, la figura seguía allí. Tuve ganas de decírselo a Pe-
trus, pero sentí que aún no había acabado.
—Cuando renunciamos a nuestros sueños y encontramos la
paz —dijo luego de un rato—, tenemos un pequeño periodo de
tranquilidad, pero los sueños muertos comienzan a pudrirse
dentro de nosotros y a infestar todo el ambiente en que vivi-
mos. Comenzamos a volvemos crueles con quienes nos rodean