Paulo Coelho
El Peregrino
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y, finalmente, dirigimos esa crueldad contra nosotros. Surgen
las enfermedades y las psicosis. Lo que queríamos evitar en el
combate —la decepción y la derrota— se convierte en el único
legado de nuestra cobardía. Y, un buen día, los sueños muertos
y podridos vuelven el aire difícil de respirar y comenzamos a
desear la muerte, la muerte que nos libere de nuestras certe-
zas, de nuestras ocupaciones y de aquella terrible paz de las
tardes de domingo.
Ahora estaba seguro de estar viendo un ángel y ya no pude
seguir las palabras de Petrus. Debió darse cuenta, pues quitó el
dedo de mi nuca y dejó de hablar. La imagen del ángel duró al-
gunos instantes y luego desapareció. En su lugar, nuevamente
surgió la torre de la iglesia.
Permanecimos en silencio algunos minutos. Petrus lió un
cigarro y comenzó a fumar. Saqué de la mochila la garrafa de
vino y tomé un trago. Estaba caliente, pero el sabor continuaba
siendo el mismo.
—Qué viste? —preguntó.
Le conté la historia del ángel. Dije que al principio, cuando
parpadeaba, la imagen desaparecía.
—También tienes que aprender a librar el Buen Combate.
Ya aprendiste a aceptar las aventuras y los desafíos de la vida,
pero sigues queriendo negar lo extraordinario.
Petrus sacó de la mochila un pequeño objeto y me lo entre-
gó. Era un alfiler de oro.
—Esto es un regalo de mi abuelo. En la Orden de RAM, to-
dos los Antiguos poseían un objeto como éste. Se llama "El
Punto de la Crueldad". Cuando viste aparecer el ángel en la to-
rre de la iglesia quisiste negarlo porque no era algo a lo que es-
tuvieses acostumbrado. En tu visión del mundo, las iglesias son
iglesias y las visiones sólo pueden tenerse en los éxtasis provo-
cados por los Rituales de la Tradición.
Respondí que mi visión debió haber sido efecto de la pre-
sión que él ejercía en mi nuca.
—Es verdad, pero eso no cambia nada. El hecho es que re-
chazaste la visión. Felicia de Aquitania debe haber visto algo
semejante y apostó toda su vida a lo que vio; el resultado es
que transformó su obra en Amor. Lo mismo debió ocurrirle a su
hermano, y lo mismo sucede con todo mundo todos los días:
vemos siempre el mejor camino por seguir, pero sólo andamos
por el camino al que estamos acostumbrados.