Paulo Coelho
El Peregrino
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Uno de los niños —al parecer el mayor— se acercó. Mi pri-
mer impulso fue devolverle la pelota, pero el comportamiento
de Petrus había sido tan extraño que decidí intentar averiguar
qué pasaba.
—Devuélvame la pelota, señor —dijo el muchacho.
Miré aquella figura pequeña, a dos metros de mí. Noté que
había algo de familiar en el niño, el mismo sentimiento que
había experimentado cuando me encontré con el gitano.
El muchacho insistió y, viendo que yo no respondía, se aga-
chó y cogió una piedra.
—Deme la pelota o le voy a arrojar esta piedra —dijo.
Petrus y el otro niño me observaban, en silencio. La agresi-
vidad del muchacho me irritó.
—Arroja la piedra —respondí. Si me pega, voy por ti y te
doy una paliza.
Sentí que Petrus respiró aliviado. Algo comenzaba querer
surgir en los sitios más recónditos de mi cabeza. Tenía la clara
sensación de haber vivido ya esa escena.
El muchacho se asustó con mis palabras. Dejó la piedra en
el suelo y buscó otra manera.
—Aquí en Puente la Reina existe un relicario que perteneció
a un peregrino muy rico. Veo por la concha y su mochila que
ustedes también son peregrinos. Si me regresan la pelota, les
doy ese relicario. Está escondido en la arena, en las márgenes
de este río.
—Quiero la pelota —dije sin mucha convicción. En realidad
lo que yo quería era el relicario y el muchacho parecía decir la
verdad; pero tal vez Petrus necesitara aquella pelota para algo
y no podía decepcionarlo, era mi guía.
—Señor, usted no necesita esta pelota —dijo el muchacho,
casi al borde de las lágrimas—. Usted es fuerte, viajado y cono-
ce el mundo. Yo sólo conozco las márgenes de este río y mi
único juguete es esta pelota. Devuélvamela, por favor.
Las palabras del muchacho calaron hondo en mi corazón,
pero el ambiente extrañamente familiar, la sensación de que ya
había leído o vivido aquella situación hizo que resistiera una vez
más.
—No, necesito esta pelota. Te daré dinero para que te
compres otra, más bonita; pero ésta es mía.