Paulo Coelho
El Peregrino
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Cuando acabé de decir esto, el tiempo pareció detenerse. El
paisaje en torno mío se transformó, sin que Petrus estuviera
presionando con el dedo la base de mi nuca. Por un fracción de
segundo, me pareció que habíamos sido transportados a un
largo y terrorífico desierto ceniciento. Allí no estaban ni Petrus
ni el otro muchachito, sólo yo y el niño frente a mí. Era mayor,
tenía facciones simpáticas y amigables, pero en sus ojos brilla-
ba algo que me daba miedo.
La visión no duró más de un segundo, al instante estaba de
vuelta en Puente la Reina, donde los diversos caminos de San-
tiago, procedentes de varios puntos de Europa, se transforma-
ban en uno solo. Frente a mí, un niño pedía una pelota y tenía
la mirada dulce y triste.
Petrus se acercó, tomó la pelota de mis manos y la devolvió
al muchacho.
—Dónde está el relicario escondido? —pregunté al niño.
—Cuál relicario? —respondió; tomó de la mano a su ami-
go, corrió alejándose de nosotros y se tiró al agua.
Subimos de nuevo el barranco y finalmente cruzamos el
puente. Empecé a hacer preguntas sobre lo sucedido, hablé de
la visión del desierto, pero Petrus cambió el tema y dijo que
conversaríamos sobre esto cuando estuviéramos un poco lejos
de allí.
Media hora más tarde llegamos a un tramo del camino que
aún conservaba vestigios del empedrado romano. Allí había
otro puente, en ruinas, y nos sentamos para tomar el desayuno
que nos dieron los monjes: pan de centeno, yogur y queso de
cabra.
—Para qué querías la pelota del muchacho? —preguntó
Petrus.
Respondí que no quería la pelota, que había actuado así
porque él, Petrus, se había comportado de manera extraña.
Como si la pelota fuera algo muy importante para él.
—Y de hecho así fue. Hizo que establecieras un contacto
victorioso con tu demonio personal.
¿Mi demonio personal? Nunca había oído semejante absur-
do en todo el camino. Había pasado seis días yendo y viniendo
de los Pirineos, había conocido un cura brujo que no había
hecho ninguna brujería y mi dedo estaba en carne viva porque
siempre que pensaba algo cruel sobre mí mismo —hipocondría,