Paulo Coelho
El Peregrino
44
minio. Está presente en nuestro trabajo y nuestra relación con
el dinero. Cuando lo dejamos suelto, tiende a dispersarse.
Cuando lo exorcizamos, perdemos todo lo bueno que tiene para
enseñamos, pues conoce mucho del mundo y de los hombres.
Cuando nos fascinamos ante su poder, nos posee y nos aparta
del Buen Combate.
"Por tanto, la única manera de lidiar con nuestro Mensajero
es aceptándolo como amigo, oyendo sus consejos, pidiendo su
ayuda cuando sea necesaria, pero nunca dejando que imponga
las reglas. Como lo hiciste con el muchacho. Para ello es nece-
sario, primero, que sepas lo que quiere y, luego, que conozcas
su faz y su nombre.
—Cómo voy a saber todo eso? —pregunté.
Y Petrus me enseñ El Ritual del Mensajero.
—Espera la noche para realizarlo, porque es más fácil. Hoy,
en tu primer encuentro, él te revelará su nombre. Este nombre
es secreto y jamás debe conocerlo nadie, ni yo. Quien sepa el
nombre de tu Mensajero, puede destruirlo.
Petrus se levantó y comenzamos a caminar. En poco tiem-
po llegamos al campo donde los campesinos trabajaban la tie-
rra. Nos dijimos "buenos días" y seguimos caminando.
—Si tuviera que utilizar una imagen, diría que el ángel es tu
armadura y el Mensajero, tu espada. Una armadura protege en
cualquier circunstancia, pero una espada puede caer en medio
de un combate, matar a un amigo o volverse contra el propio
dueño. Una espada sirve para casi todo, menos para sentarse
en ella —dijo, soltando una sonora carcajada.
Nos detuvimos en una aldea para almorzar y el muchacho
que nos atendió estaba visiblemente de mal humor. No respon-
día a nuestras preguntas, nos sirvió la comida de mal modo y al
final derramó un poco de café en las bermudas de Petrus. En-
tonces vi cómo mi guía se transformaba: enfurecido, fue a lla-
mar al dueño mientras despotricaba contra la falta de educa-
ción del muchacho. Terminó yendo al baño a ponerse las otras
bermudas, mientras el dueño lavaba la mancha de café y ten-
día la pieza para que se secara.
Mientras esperábamos que el sol de las dos de la tarde
cumpliese su papel en las bermudas de Petrus, pensaba en to-
do lo que habíamos platicado por la mañana. Es verdad que la
mayoría de lo que Petrus dijo sobre el niño coincidía. Además,
tuve la visión de un desierto y un rostro. Pero esa historia del