Paulo Coelho
El Peregrino
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más fuerte será la presencia del Mensajero y más rápidas serán
sus acciones.)
En la Tradición, cuyas enseñanzas yo había seguido duran-
te mucho más tiempo que el Camino de Santiago, el Mensajero
—llamado simplemente demonio, sin prejuicios— era un espíri-
tu que dominaba las fuerzas de la Tierra y que estaba siempre
en favor del hombre. Era muy utilizado en Obras Mágicas, pero
nunca como aliado ni consejero en lo cotidiano. Petrus había
dado a entender que yo podría aprovechar la amistad del Men-
sajero para mejorar en el trabajo y en el mundo. Además de
profana, la idea me parecía infantil.
Pero yo había jurado obediencia total a Mme. Lawrence y
una vez más tuve que clavarme una uña en el nacimiento del
pulgar, en carne viva.
—No debí haberme exaltado —dijo Petrus después de sa-
lir—. Al final de cuentas, él no tiró la taza sobre mí, sino sobre
el mundo que odia. Sabe que existe un mundo gigantesco, más
allá de las fronteras de su propia imaginación y su participación
en este mundo se limita a despertarse temprano, ir a la pana-
dería, servir a quien pase y masturbarse por las noches, so-
ñando con mujeres que nunca conocerá.
Era hora de hacer un alto para la siesta, pero Petrus decidió
seguir caminando. Dijo que era una manera de hacer penitencia
por su intolerancia. Yo, que nada había hecho, debí acompañar-
lo bajo aquel sol fuerte. Pensaba en el Buen Combate y en los
millones de personas dispersas por el mundo que, en ese ins-
tante, estaban haciendo cosas que no querían hacer. El Ejerci-
cio de la Crueldad, a pesar de estarme dejando el dedo en car-
ne viva, me hacía mucho bien. Me hizo darme cuenta de lo trai-
cionera que podía ser mi mente al empujarme a hacer cosas
que no quería y al hacerme abrigar sentimientos que no me
ayudaban. En ese momento quise que Petrus tuviera razón:
que existiera realmente el Mensajero, con quien podría hablar
de cosas prácticas y pedirle ayuda en los asuntos del mundo.
Esperé con ansia que llegara la noche.
Mientras tanto, Petrus no dejaba de hablar sobre el mucha-
cho. Terminó convenciéndose de que había actuado correcta-
mente; para ello se sirvió, una vez más, de un argumento cris-
tiano.