Paulo Coelho
El Peregrino
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—Me dijiste que el Mensajero se había manifestado en el
niño porque necesitaba decirme algo.
—Algo urgente —confirmó Petrus.
Continuamos conversando sobre Mensajeros, ángeles y
demonios. Me resultaba difícil aceptar un uso tan práctico de
los misterios de la Tradición. Petrus insistía en la idea de que
tenemos siempre que buscar una recompensa y recordaba que
Jesús dijo que los ricos no entrarían en el reino de los cielos.
—Jesús también recompensó al hombre que supo multipli-
car los talentos de su amo. Además, no creyeron en él sólo
porque fuera un buen orador: necesitó hacer milagros, recom-
pensar a quienes lo seguían.
—Nadie va a hablar mal de Jesús en mi bar —interrumpió el
dueño, que estaba siguiendo nuestra plática.
—Nadie está hablando mal de Jesús —respondió Petrus.
Hablar mal de Jesús es cometer pecado invocando su nombre.
Como ustedes hicieron en esta plaza.
El dueño del bar vaciló un instante, pero enseguida replicó:
—Yo no tuve nada que ver con eso; aún era un niño.
—Los culpables son siempre los otros —refunfuñ Petrus. El
dueño del bar salió por la puerta de la cocina. Pregunté de qué
hablaban.
—Hace cincuenta años, en pleno siglo XX, un gitano fue
quemado ahí enfrente, acusado de brujería y de blasfemar co-
ntra la santa hostia. El asunto quedó como cosa perdida ante
las atrocidades de la guerra civil española, y hoy nadie se
acuerda de él, excepto los habitantes de este pueblo.
—Cómo sabes esto, Petrus?
—Porque yo ya recorrí el Camino de Santiago.
Continuamos bebiendo en el bar solitario. Hacía mucho sol
allá afuera y era hora de nuestra siesta. Al poco tiempo, el
dueño del bar volvió con el párroco de la aldea.
—Quiénes son ustedes? —preguntó el padre.
Petrus mostró la venera dibujada en la mochila.
Durante mil doscientos años los peregrinos han pasado por
el camino frente al bar y la tradición es que cada peregrino sea
respetado y acogido en cualquier circunstancia. El padre cambió
pronto de tono.