Paulo Coelho
El Peregrino
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ojos del perro brillaron, como si también hubiera entendido la
conversación. La mujer se puso en pie de inmediato.
—Es mentira! ¡Es una superstición antigua! Por favor, aca-
be pronto su té que tengo mucho qué hacer.
El perro sintió el súbito cambio de humor de la mujer. Se
quedó inmóvil, en estado de alerta. Pero Petrus continuaba con
la misma tranquilidad del principio. Colocó lentamente el té en
la taza, la llevó a sus labios y la regresó a la mesa sin beber
una gota.
—Está muy caliente —dijo—. Vamos a esperar a que se en-
fríe un poco.
La mujer ya no se sentó. Estaba visiblemente disgustada
con nuestra presencia y arrepentida de haber abierto la puerta.
Notó que yo estaba mirando fijamente al perro, y lo llamó junto
a ella. El animal obedeció, pero cuando llegó cerca de ella vol-
teó a mirarme.
—Fue por eso, mi querido Petrus —dijo, mirándome—. Fue
por eso que el Mensajero apareció ayer en el niño.
De repente me di cuenta de que no era yo quien miraba al
perro. Desde que entré, aquel animal me hipnotizó y mantuvo
mis ojos fijos en los suyos. Era el can el que me miraba y
haciendo que cumpliera su voluntad. Comencé a sentir mucha
pereza, unas ganas de dormir en aquel sofá rasgado, porque
hacía mucho calor afuera y no tenía ganas de caminar. Todo
eso me parecía extraño y tuve la sensación de estar cayendo
en una trampa. El perro me miraba fijamente y, mientras más
me miraba, más sueño tenía.
—Vamos —dijo Petrus, levantándose y ofreciéndome la taza
de té—, toma un poco, porque la señora desea que ya nos va-
yamos.
Vacilé, pero conseguí tomar la taza y el té caliente me re-
animó. Quería decir algo, preguntar el nombre del animal, pero
mi voz no salía. Algo dentro de mí había despertado, algo que
Petrus no me había enseñado, pero que comenzaba a manifes-
tarse. Era un deseo incontrolable de decir palabras extrañas,
cuyo significado ni yo mismo conocía. Me di cuenta de que Pe-
trus había puesto algo en el té. Todo parecía distante y tenía
sólo una vaga noción de que la mujer le decía a Petrus que de-
bíamos irnos. Sentí un estado de euforia y decidí decir en voz
alta las palabras extrañas que me pasaban por la mente.
Todo lo que podía percibir en esa sala era al perro.