Paulo Coelho
El Peregrino
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Cuando comencé a decir aquellas palabras extrañas, que ni
yo entendía, noté que el can comenzaba a gruñir. Estaba en-
tendiendo; me emocioné aún más y seguí hablando cada vez
más alto. El perro se levantó y mostró los dientes. Ya no era el
animal dócil que encontré al llegar, sino uno ruin y amenaza-
dor, que podía atacarme en cualquier momento.
Sabía que las palabras me protegían y comencé a hablar
cada vez más alto, dirigiendo toda mi fuerza hacia el perro, sin-
tiendo que dentro de mí había un poder diferente y que este
poder impedía que el animal me atacase.
A partir de entonces, todo empezó a suceder como en cá-
mara lenta. Noté que la mujer se acercaba a mí gritando e in-
tentaba empujarme hacia fuera, y que Petrus agarraba a la mu-
jer, pero que el perro no prestaba la menor atención al forcejeo
de los dos. Estaba con los ojos fijos en mí y se levantó gruñen-
do y mostrando los dientes.
Intento comprender la lengua extraña en que estoy
hablando, pero siempre que me detengo buscando algún senti-
do, el poder disminuye y el perro se aproxima, se vuelve más
fuerte. Entonces comienzo a gritar sin preocuparme por enten-
der y la mujer empieza a gritar también. El perro ladra amena-
zándome, pero mientras siga hablando estaré seguro. Oigo una
gran carcajada, pero no sé si existe o es fruto de mi imagina-
ción.
De repente, como si todo sucediera al mismo tiempo, la ca-
sa fue sacudida por un ventarrón; el perro dio un gran aullido y
se abalanzó sobre mí. Levanté el brazo para protegerme el ros-
tro, grité una palabra y esperé el impacto.
El perro se arrojó sobre mí con todo su peso y me derrum-
bó en el sofá de plástico. Durante algunos instantes nuestros
ojos se quedaron fijos de manera recíproca y de repente salió
corriendo.
Comencé a llorar abundantemente. Me acordé de mi fami-
lia, de mi mujer y mis amigos. Sentí una gigantesca sensación
de amor, una alegría inmensa y absurda, porque al mismo
tiempo estaba oonsciente de todo lo que sucedió con el perro.
Petrus me tomó por un brazo y me llevó afuera mientras la mu-
jer nos empujaba. Miré alrededor y ya no había señales del pe-
rro. Me abracé a Petrus y continué llorando, mientras caminá-
bamos bajo el sol.