Paulo Coelho
El Peregrino
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No recuerdo aquella caminata, sólo volví en mí cuando,
sentado en una fuente, Petrus me arrojó agua a la cara y en la
nuca. Le pedí un trago y dijo que si bebía cualquier cosa vomi-
taría. Estaba un poco mareado, pero me sentía bien. Un inmen-
so amor por todo y por todos se apoderó de mí. Miré a mi alre-
dedor y vi los árboles bordeando la carretera, la fuentecita
donde nos detuvimos, sentí la brisa fresca y oí el canto de los
pajarillos del monte. Estaba viendo el rostro de mi ángel, tal
como Petrus había dicho. Pregunté si estábamos lejos de la ca-
sa de la mujer, dijo que habíamos andado más o menos quince
minutos.
—Quizá quieras saber qué sucedió —dijo.
En realidad no tenía la menor importancia. Estaba feliz con
aquel amor inmenso que me había invadido. El perro, la mujer,
el dueño del bar, todo eso era un recuerdo distante que parecía
no guardar ninguna relación con lo que estaba sintiendo ahora.
Le dije a Petrus que me gustaría caminar un poco porque me
sentía bien.
Me puse de pie y retomamos el Camino de Santiago. Du-
rante el resto de la tarde no hablé casi nada, sumergido en
aquel sentimiento agradable que parecía ocuparlo todo. De vez
en cuando pensaba que Petrus había colocado alguna droga en
el té, pero esto no tenía la menor importancia. Lo importante
era ver los montes, los riachuelos, las flores en la carretera, los
trazos gloriosos del rostro de mi ángel.
Llegamos a un hotel a las ocho de la noche y yo continuaba
—aunque en menor intensidad— en aquel estado de beatitud.
El dueño me pidió el pasaporte para el registro y se lo entre-
gué.
—Usted es de Brasil? Yo ya estuve allí. Me hospedé en un
hotel en la playa de Ipanema.
Aquella frase absurda me devolvió a la realidad. En plena
Ruta Jacobea, en una aldea construida hacía ya muchos siglos,
había un hotelero que conocía la playa de Ipanema.
—Estoy listo para conversar —dije a Petrus—. Necesito sa-
ber todo lo que pasó hoy.
La sensación de beatitud había pasado. En su lugar surgía
dé nuevo la Razón, con sus temores a lo desconocido, con la
urgente y absoluta necesidad de poner de nuevo los pies en la
tierra.
—Después de cenar —respondió.