Paulo Coelho
El Peregrino
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Un fuego artificial estalló, y su luz opacó por unos momen-
tos el cielo. Una cascada de partículas verdes y brillantes apa-
reció en las alturas.
—Antes sólo oíamos su ruido, porque era de día. Ahora po-
demos ver su luz —dijo Petrus—. Éste es el cambio al que el
hombre puede aspirar.
La novia salió de la iglesia y las personas arrojaron arroz y
los vitorearon. Era una jovencita delgada, de unos diecisiete
años, del brazo de un joven en uniforme de gala. Todos fueron
saliendo y se encaminaron hacia la plaza.
—Mira al coronel M.! ¡Fíjate en el vestido de la novia! ¡Está
linda! —decían algunas muchachas cerca de nosotros. Los invi-
tados rodearon las mesas, los meseros sirvieron el vino y la
banda de música comenzó a tocar. El viejo de las palomitas de
inmediato fue cercado por una multitud de muchachitos histéri-
cos que le daban dinero y regaban las bolsas por el suelo. Ima-
giné que para los habitantes de Logroño, al menos aquella no-
che, no existía el resto del mundo, la amenaza de guerra nu-
clear, el desempleo, los crímenes mortales. La noche era una
fiesta, las mesas estaban en la plaza para el pueblo y todos se
sentían importantes.
Unos reporteros de televisión caminaron en dirección nues-
tra y Petrus ocultó el rostro. Pero pasaron de largo, buscando a
uno de los invitados que estaba junto a nosotros. Reconocí al
sujeto de inmediato: era Manolo, jefe de la afición española en
el mundial de fútbol de México. Cuando acabó la entrevista, me
dirigí hacia él y le dije que era brasileño y, fingiendo indigna-
ción, reclamó un gol robado en el primer partido del mundial.
Pero luego me abrazó y dijo que Brasil volvería a tener los me-
jores jugadores del mundo.
—Cómo haces para ver el juego si siempre estás de espal-
das al campo, animando a la afición? —le pregunté. Era una de
las cosas que más me habían llamado la atención durante las
transmisiones del mundial.
—Mi alegría es eso precisamente: ayudar a la afición a
creer en la victoria.
Y concluyó, como si también fuese un guía por los caminos
de Santiago:
—Una afición sin fe hace que un equipo pierda un juego
que ya tenía ganado.