Paulo Coelho
El Peregrino
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profundamente en nadie. De continuar así, tendría una vejez
solitaria y eso me daba mucho miedo.
—Contrata a una enfermera —se rió. Pero, en fin, no creo
que lo que estés buscando en el amor sea un retiro confortable.
Eran casi las nueve de la noche cuando comenzó a oscure-
cer. Los viñedos habían quedado atrás y estábamos en medio
de un paisaje casi desértico. Miré alrededor y pude distinguir, a
lo lejos, una pequeña ermita enclavada en una piedra, seme-
jante a muchas ermitas que habíamos visto por el camino.
Avanzamos un poco más y nos desviamos de las marcas amari-
llas; fuimos derecho hacia la pequeña construcción.
Cuando nos acercamos lo suficiente, Petrus gritó un nom-
bre que no entendí y se detuvo a escuchar si había respuesta.
Pese a aguzar los oídos, no escuchamos nada. Petrus volvió a
llamar, pero nadie respondió.
—De todas formas vamos —dijo, y allá fuimos.
Eran sólo cuatro paredes encaladas; la puerta estaba abier-
ta —mejor dicho, no había puerta, sino un cancel de medio me-
tro de altura, que se sostenía precariamente en un gozne. De-
ntro había un fogón hecho de piedras y algunas escudillas cui-
dadosamente apiladas en el suelo. Dos de ellas estaban llenas
de trigo y papas.
Nos sentamos en silencio. Petrus encendió un cigarro y dijo
que esperáramos un poco. Noté que las piernas me dolían de
cansancio, pero algo en esa ermita, en vez de calmarme me
excitaba, y también me habría amedrentado de no ser por la
presencia de Petrus.
—Quien sea que viva aquí ¿dónde duerme? —pregunté
rompiendo ese silencio que empezaba a incomodarme.
—Allí donde estás sentado —dijo Petrus, apuntando al suelo
desnudo. Comenté que me cambiaría de lugar, pero me pidió
que permaneciera exactamente donde estaba. Debió haber ba-
jado un poco la temperatura, porque comencé a sentir frío.
Esperamos durante casi una hora. Petrus gritó dos veces
más ese nombre extraño y al final desistió. Cuando pensé que
nos levantaríamos para irnos, me dijo:
Aquí está presente una de las dos manifestaciones de Ága-
pe —dijo mientras apagaba su tercer cigarro—. No es la única,
pero sí una de las más puras. Ágape es el amor total, el Amor
que Devora a quien lo experimenta. Quien conoce y experimen-