Paulo Coelho
El Peregrino
76
di cuenta de que una era de Petrus y en el fondo de mi corazón
presentí de quién era la otra mano.
Abrí los ojos y junto a mí estaba el monje Alfonso. Sonrió y
me dijo "buenas noches". Sonreí también, volví a tomar su ma-
no y la apreté con fuerza sobre mi pecho. Dejó que hiciera esto
y después la soltó con delicadeza.
Ninguno de los tres dijo nada. Un rato después, Alfonso se
levantó y caminó nuevamente hacia la planicie rocosa. Yo lo
acompañ con la vista hasta que la oscuridad lo ocultó por
completo.
Petrus rompió el silencio poco después. No mencionó nada
sobre Alfonso.
—Haz este ejercicio siempre que puedas, y al poco tiempo
Ágape habitará de nuevo en ti. Repítelo antes de comenzar un
proyecto, los primeros días de cualquier viaje o cuando sientas
que algo te ha causado una gran emoción. De ser posible, hazlo
con alguien que te agrade. Es un ejercicio para compartirse.
Allí estaba de nuevo el viejo Petrus técnico, instructor y
guía, del que sabía tan poco. La emoción que había mostrado
en la choza había pasado. No obstante, al tocar mi mano du-
rante el ejercicio, sentí la grandeza de su alma.
Volvimos a la ermita blanca, donde estaban nuestras cosas.
—Su ocupante ya no vuelve por hoy, creo que podemos
dormir aquí —dijo Petrus acostándose. Desenrollé el saco de
dormir, tomé un trago de vino y también me acosté. Estaba
exhausto con el Amor que Devora, pero era un cansancio libre
de tensiones y, antes de cerrar los ojos, recordé al monje bar-
bado, delgado, que me había deseado buenas noches y que se
sentó a mi lado. En algún lugar, allá afuera, ese hombre estaba
siendo consumido por la llama divina. Tal vez por eso aquella
noche fuera tan oscura, porque él había condensado en sí toda
la luz del mundo.
La Muerte
—Ustedes son peregrinos? —preguntó la anciana que nos
servía el desayuno. Estábamos en Azofra, un pueblecito de pe-
queñas casas con escudos medievales en la fachada y con una
fuente donde minutos antes habíamos llenado nuestras cantim-
ploras.