Paulo Coelho
El Peregrino
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—Mira atrás! —la voz de Petrus tenía un tono de urgen-
cia—. ¡Mira antes de que sea tarde!
Volteé bruscamente: a mi izquierda estaba una casita
abandonada; la vegetación, quemada por el sol, la había inva-
dido por dentro. Un olivo elevaba sus ramas retorcidas al cielo
y, entre el olivo y la casa, mirándome fijamente, estaba un pe-
rro. Un perro negro, el mismo que había expulsado de la casa
de la mujer días atrás.
Perdí la noción de la presencia de Petrus y miré fijamente
los ojos del animal. Algo dentro de mí —tal vez la voz de As-
train o de mi ángel de la guarda— me decía que si desviaba los
ojos el animal me atacaría.
Nos quedamos así, mirándonos mutuamente, durante mi-
nutos interminables. Sentía que, después de haber experimen-
tado toda la grandeza del Amor que Devora, de nuevo estaba
ante las amenazas diarias y constantes de la existencia. Pensé
por qué el animal me habría seguido hasta tan lejos y finalmen-
te qué quería, porque yo era un peregrino en busca de una es-
pada y no tenía ganas ni paciencia para entrar en conflicto con
personas o animales por el camino.
Traté de decir todo esto con los ojos —recordando a los
monjes del convento, que se comunicaban con la vista—, pero
el perro no se movía. Continuaba mirándome fijamente, sin
manifestar ninguna emoción, pero listo para atacar si me dis-
traía o mostraba miedo.
¡Miedo! Me di cuenta de que el miedo había desaparecido.
Consideraba que la situación era demasiado estúpida para te-
ner miedo. Mi estómago estaba contraído y tenía ganas de vo-
mitar por la tensión, pero no tenía miedo. Si tuviera miedo, al-
go me decía que mis ojos me denunciarían y el animal me de-
rrumbaría de nuevo, como lo había hecho antes. No debía des-
viar los ojos, ni siquiera cuando presentí que, por un sendero a
mi derecha, una silueta se aproximaba.
La silueta se detuvo un instante y luego caminó derecho
hacia nosotros. Cruzó exactamente la línea de nuestras mira-
das, diciendo algo que no pude entender Era una voz femenina
y su presencia era buena, amistosa y positiva.
En la fracción de segundo que la silueta se colocó entre mis
ojos y los del perro, mi estómago se relajó. Tenía un amigo po-
deroso que estaba allí ayudándome en aquella lucha absurda e
innecesaria. Cuando terminó de pasar, el perro había bajado los