Paulo Coelho
El Peregrino
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ojos. Dando un salto, corrió hacia la casa abandonada y lo perdí
de vista.
Sólo en ese momento mi corazón se aceleró de miedo. La
taquicardia fue tan intensa que me mareé y creí que iba a des-
mayarme. Mientras todo me daba vueltas, miré a la carretera
por donde minutos antes Petrus y yo habíamos pasado, bus-
cando la silueta que me dio fuerzas para derrotar al perro.
Era una monja. Estaba de espaldas, caminando rumbo a
Azofra, y no podía verle el rostro, recordé su voz y calculé que
tendría, máximo, veintitantos años. Miré el camino por donde
vino: era un pequeño atajo que no daba a ninguna parte.
—Fue ella... fue ella quien me ayudó —murmuré mientras
mi mareo aumentaba.
—No te pongas a inventar más fantasías en un mundo ya
de por sí tan extraordinario —dijo Petrus, acercándose y soste-
niéndome por un brazo—: Ella vino de un convento en Cañas,
que queda a unos cinco kilómetros de aquí. Es obvio que no
puedas verlo.
Mi corazón continuaba acelerado y me convencí de que lo
pasaría mal. Estaba demasiado aterrorizado como para dar o
pedir explicaciones. Me senté en el suelo y Petrus me echó un
poco de agua en la cabeza y en la nuca. Recordé que había re-
accionado de la misma manera cuando salimos de casa de la
mujer, pero ese día yo estaba llorando y sintiéndome bien.
Ahora la sensación era exactamente la contraria.
Petrus dejó que descansara el tiempo suficiente. El agua
me reanimó un poco y el mareo comenzó a pasar. Lentamente,
las cosas volvían a la normalidad.
Cuando me sentí reanimado, Petrus pidió que caminásemos
un poco y le obedecí. Anduvimos unos quince minutos, pero el
agotamiento volvió. Nos sentamos a los pies de un "rollo", una
columna medieval con una cruz en la punta, que marcaba algu-
nos trechos de la Ruta Jacobea.
—Tu miedo te causó mucho más daño que el perro —dijo
Petrus, mientras yo descansaba.
Quise saber por qué ese encuentro absurdo.
—En la vida y en el Camino de Santiago hay ciertas cosas
que suceden independientemente de nuestra voluntad. En
nuestro primer encuentro, te dije que había leído en la mirada
de] gitano el nombre del demonio que habrías de enfrentar. Me