Paulo Coelho
El Peregrino
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sorprendió mucho Saber que ese demonio era un perro, pero
no te dije nada en esa ocasión. Sólo cuando llegamos a la casa
de la mujer, y manifestaste por vez primera el Amor que Devo-
ra, vi a tu enemigo.
—Cuando alejaste al perro de esa señora, no lo llevaste a
ningún lado. Nada se pierde, todo se transforma, ¿no es así?
No lanzaste los espíritus en una manada de puercos que se
arrojó por un despeñadero, como hizo Jesús. Simplemente ale-
jaste al perro. Ahora, esa fuerza vaga sin rumbo tras de ti. An-
tes de encontrar tu espada, deberás decidir si deseas ser escla-
vo o señor de esa fuerza.
Mi cansancio comenzó a pasar. Respiré profundo, sintiendo
la piedra fría del "rollo" en mi espalda. Petrus me dio un poco
más de agua y prosiguió:
—Los casos de obsesión se presentan cuando las personas
pierden el dominio de las fuerzas de la tierra. La maldición del
gitano sembró el miedo en aquella mujer y el miedo abrió una
brecha por donde penetró el Mensajero del muerto. Éste no es
un caso común, pero tampoco raro. Depende mucho de cómo
reacciones ante las amenazas de los otros.
Esta vez fui yo quien recordó un pasaje de la Biblia. En el
Libro de Job estaba escrito: "Todo lo que más temía me suce-
dió".
—Una amenaza no puede provocar nada, si no es aceptada.
Al librar el Buen Combate, nunca te olvides de esto, como
tampoco debes olvidar que atacar o huir son parte de la lucha.
Lo que no forma parte de la lucha es quedarse paralizado de
miedo.
Yo no sentí miedo en ese momento. Estaba sorprendido
conmigo mismo y comenté el asunto con Petrus.
—Lo percibí. De no haber sido así, el perro te habría ataca-
do y casi con toda certeza habría vencido en el combate, por-
que el perro no tenía miedo. Sin embargo, lo más curioso fue la
llegada de aquella monja. Al presentir una presencia positiva,
tu fértil imaginación creyó que alguien había llegado para ayu-
darte. Es tu fe la que te salvó, aun basada en un hecho absolu-
tamente falso.
Petrus tenía razón. Soltó una sonora carcajada y reí junto
con él. Nos levantamos para proseguir el camino. Ya me estaba
sintiendo ligero y bien dispuesto.