Paulo Coelho
El Peregrino
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—Sin embargo, es necesario que sepas algo —dijo mientras
caminábamos—: el duelo con el perro sólo podrá acabar con la
victoria de uno de los dos.— Volverá a aparecerse y la próxima
vez procura llevar la lucha hasta el final. Si no, el fantasma del
perro te preocupará por el resto de tus días.
En el encuentro con el gitano, Petrus me había dicho que
conocía el nombre de ese demonio, le pregunté cuál era.
—Legión —respondió—, porque son muchos.
Andábamos por tierras que los campesinos preparaban para
la siembra. Aquí y allá algunos labradores manejaban bombas
de agua rudimentarias, en la lucha secular contra el suelo ári-
do. Por las orillas del Camino de Santiago, piedras apiladas
formaban muros que no acababan nunca, que se cruzaban y se
confundían entre los trazos del campo. Pensé en los muchos si-
glos durante los que estas tierras habían sido trabajadas y aun
así surgía alguna piedra que sacar, piedra que rompía la lámina
del arado, que dejaba renco al caballo, que formaba callos en la
mano del labrador. Una lucha que comenzaba cada año y no
acababa nunca.
Petrus estaba más serio que de costumbre y recordé que
desde la mañana no hablaba casi nada. Después de la conver-
sación al pie del "rollo" medieval, se había encerrado en un mu-
tismo y no respondía a la mayor parte de mis preguntas. Que-
ría conocer mejor esa historia de los "muchos demonios". Antes
me había explicado que cada persona tiene sólo un Mensajero,
pero Petrus no estaba dispuesto a hablar del asunto y decidí
esperar una mejor. oportunidad.
Subimos una pequeña elevación y, al llegar arriba, pude
ver la torre principal de la iglesia de Santo Domingo de La Cal-
zada. La visión me animó; comencé a soñar con el confort y la
magia del Parador Nacional. Por lo que había leído, el edificio
había sido construido por el propio Santo Domingo para hospe-
dar a los peregrinos. Cierta noche, pernoctó allí San Francisco
de Asís en su camino hacia Compostela. Todo eso me llenaba
de emoción.
Debían ser casi las siete de la tarde cuando Petrus pidió
que nos detuviéramos. Me acordé de Roncesvalles. de la cami-
nata lenta cuando necesitaba tanto de un vaso de vino por el
frío y temí que estuviese preparando algo semejante.
—Un Mensajero jamás te ayudará a derrotar a otro. Ellos
no son buenos ni malos, como te dije antes, pero tienen un