Paulo Coelho
El Peregrino
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sentimiento de lealtad entre sí. No confíes en Astrain para de-
rrotar al perro.
Ahora era yo quien no estaba dispuesto a hablar de mensa-
jeros, quería llegar pronto a Santo Domingo de La Calzada.
—Los Mensajeros de personas muertas pueden ocupar el
cuerpo de alguien dominado por el miedo, por eso, en el caso
del perro, son muchos. Llegaron invitados por el miedo de la
mujer; no sólo el del gitano asesinado, sino los diversos men-
sajeros que vagan por el espacio, buscando una manera de en-
trar en contacto con las fuerzas de la tierra.
Hasta ahora estaba respondiendo a mi pregunta, pero
había algo en su modo de hablar que parecía artificial, como si
no fuera éste el asunto del que quisiera hablar conmigo. Mi ins-
tinto me puso sobre aviso de inmediato.
—Qué quieres, Petrus? —pregunté un poco molesto.
Mi guía no respondió, se salió del camino dirigiéndose hacia
un árbol viejo, casi sin hojas, a algunas decenas de metros
campo adentro; era el único árbol visible en todo el horizonte.
Como no indicó que lo siguiera, me quedé parado en el camino
y presencié una escena extraña: Petrus daba vueltas alrededor
del árbol y decía algo en voz alta, mirando al suelo. Cuando
acabó, indicó que me acercara.
—Siéntate aquí —dijo. Había un tono diferente en su voz y
yo no distinguía si era cariño o tristeza—. Aquí te quedas. Ma-
ñana te veo en Santo Domingo de La Calzada.
Antes de que pudiera decir algo, Petrus continuó:
—Cualquier día de éstos —y te garantizo que no será hoy,
tendrás que enfrentar a tu enemigo más importante en el Ca-
mino de Santiago: el perro. Cuando ese día llegue, quédate
Tranquilo que estaré cerca y te daré la fuerza necesaria para el
combate. Pero hoy te vas a enfrentar a otro tipo de enemigo,
un enemigo imaginario que puede destruirte o ser tu mejor
compañero: la Muerte.
"El hombre es el único ser de la naturaleza que tiene con-
ciencia de que va a morir, por eso —y sólo por eso— tengo un
profundo respeto por la raza humana, y creo que en un futuro
será mucho mejor que en el presente. Aun sabiendo que sus
días están contados y que todo acabará cuando menos se lo
espera, hace de la vida una lucha digna de un ser eterno. Lo
que las personas llaman vanidad —dejar obras, hijos, hacer que