Paulo Coelho
El Peregrino
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por la familia, el dinero escondido en mi cinto. Me acordé de
una planta que tenía sobre mi mesa de trabajo, en Brasil. La
planta continuaría, como continuarían las otras plantas, los ca-
miones, el verdulero de la esquina que siempre cobraba más
caro, la telefonista que me informaba sobre los números no in-
cluidos en el directorio. Todas esas pequeñas cosas —que podí-
an desaparecer si hubiese tenido un colapso esa mañana cobra-
ron de repente una enorme importancia para mí. Eran ellas, y
no las estrellas o la sabiduría, las que me decían que estaba vi-
vo.
Ahora la noche estaba muy oscura y en el horizonte podía
distinguir el débil brillo de la ciudad. Me acosté en el suelo y me
quedé mirando las ramas del árbol sobre mi cabeza. Empecé a
oír ruidos extraños, ruidos de toda clase. Eran los animales
nocturnos que salían a cazar. Petrus no podía saberlo todo, si
era tan humano como yo. ¿Qué garantía podría tener de que
realmente no había serpientes venenosas? Y los lobos, los eter-
nos lobos europeos, ¿no podrían haber decidido pasear aquella
noche por allí al sentir mi olor? Un ruido más fuerte, semejante
al de una rama quebrándose, me asustó y mi corazón se acele-
ró de nuevo.
Me estaba poniendo muy tenso, lo mejor era hacer pronto
el ejercicio e ir al hotel. Comencé a relajarme y crucé las manos
sobre el pecho, en posición de muerto. Algo a mi lado se mo-
vió; di un salto y de inmediato me puse en pie.
No era nada. La noche había invadido todo y había traído
consigo los terrores del hombre. Me volví a acostar, esta vez
decidido a transformar cualquier miedo en un estímulo para el
ejercicio. Noté que, a pesar de que la temperatura había bajado
bastante, estaba sudando.
Imaginé que estaban cerrando el féretro y que los tomillos
eran colocados en su sitio. Estaba inmóvil, pero vivo, y tenía
ganas de decirle a mi familia que estaba viéndolo todo, que los
amaba, pero ningún sonido salía de mi boca. Mi padre, mi ma-
dre llorando, los amigos en torno mío, ¡y yo estaba solo! Con
tanta gente querida allí, nadie era capaz de darse cuenta que
yo estaba vivo, que aún no había hecho todo lo que deseaba
hacer en este mundo. Intentaba desesperadamente abrir los
ojos, hacer alguna seña, dar un empujón a la tapa del féretro,
pero nada en mi cuerpo se movía.