Paulo Coelho
El Peregrino
87
Sentí que el féretro se movía, estaban llevándome hacia la
tumba. Podía oír el ruido de argollas rozando las agarraderas
de fierro, los pasos de las personas atrás, una que otra voz
conversando. Alguien dijo que tenía una cena más tarde, otro
comentó que yo había muerto tempranamente. El olor de las
flores alrededor de mi cabeza comenzó a sofocarme.
Recordé que había dejado de cortejar a dos o tres mujeres,
por temor a ser rechazado. Recordé también que hubo ocasio-
nes en que dejé de hacer lo que quería, creyendo que podría
hacerlo más tarde. Sentí una enorme pena por mí, no sólo por-
que estaba siendo enterrado vivo, sino porque había tenido
miedo de vivir. ¿Cuál era el miedo de toparse con un "no", de
dejar algo para después, si lo más importante de todo era go-
zar plenamente la vida? Allí estaba yo, encerrado en un ataúd,
y ya era demasiado tarde para volver atrás y mostrar el valor
que necesitaba haber tenido.
Allí estaba yo, que había sido mi propio Judas traicionán-
dome a mí mismo. Allí estaba sin poder mover un músculo, gri-
tando mentalmente, pidiendo socorro y las personas allá afue-
ra, inmersas en la vida, preocupadas con lo que harían por la
noche, mirando las estatuas y edificios que yo nunca más vol-
vería a ver. Un sentimiento de gran injusticia me invadió por
haber sido enterrado mientras los otros continuaban viviendo.
Mejor habría sido una gran catástrofe y todos juntos en el mis-
mo barco, con dirección al mismo punto negro hacia el cual me
transportaban ahora. ¡Socorro! Estoy vivo, no morí, mi cabeza
continúa funcionando!
Colocaron mi féretro en la orilla de la sepultura. ¡Van a en-
terrarme! ¡Mi mujer me olvidará, se casará con otro y va a gas-
tar el dinero que durante todos estos años luchamos por juntar!
¿Pero qué importa todo eso? ¡Quiero estar con ella ahora por-
que estoy vivo!
Escucho llantos, siento como si de mis ojos también roda-
ran dos lágrimas. Si ellos abrieran el ataúd ahora, verían y me
salvarían. Pero todo lo que siento es el féretro bajando en la
tumba. De repente todo se queda a oscuras. Antes entraba un
hilillo de luz por la orilla de la caja, pero ahora la oscuridad es
total. Las palas de los enterradores están sellando la tumba, ¡y
yo estoy vivo! ¡Enterrado vivo! Siento el aire pesado, el olor de
las flores es insoportable y oigo los pasos de las personas que
se van. El terror es absoluto. No logro moverme, y si se van