Paulo Coelho
El Peregrino
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me ayudaría a librar el Buen Combate. Nunca más, en ningún
momento, me sentiría ridículo al hacer cualquier cosa, porque
allí estaba ella, diciendo que cuando me tomara de las manos
para que viajáramos hasta otros mundos, yo no debía llevar
conmigo el mayor de todos los pecados: el Arrepentimiento.
Con la certeza de su presencia, mirando su amable rostro, tuve
la seguridad de que bebería con avidez de la fuente de agua vi-
va que es esta existencia.
La noche no tenía más secretos ni terrores. Era una noche
feliz, una noche de Paz. Cuando el temblor cesó, me levanté y
caminé con dirección a las bombas de agua de los labradores.
Lavé las bermudas y me puse las otras que traía en la mochila.
Después, volví al árbol y me comí los dos emparedados que Pe-
trus había dejado para mí. Era el alimento más delicioso del
mundo, porque estaba vivo y la Muerte ya no me espantaba.
Decidí dormir allí mismo. Finalmente, la oscuridad nunca
había sido tan tranquila.
Los vicios personales
Estábamos en un campo inmenso, un campo de trigo plano
y monótono que se extendía por todo el horizonte. El único de-
talle que rompía el tedio del paisaje era una columna medieval
rematada por una cruz, la cual, marcaba el camino de los pere-
grinos. Al llegar frente a la columna, Petrus dejó la mochila en
el suelo y se arrodilló. Pidió que hiciese lo mismo.
—Vamos a rezar. Vamos a rezar por la única cosa que de-
rrota a un peregrino una vez que ha encontrado su espada: los
vicios personales. Por más que él aprenda con sus Grandes
Maestros cómo manejar el acero, una de sus manos será siem-
pre su peor enemigo. Vamos a rezar para que, en caso de que
consigas tu espada, la sostengas siempre con la mano que no
te colma de oprobio.
Eran las dos de la tarde. No se oía un solo ruido y Petrus
comenzó:
"Tened piedad, Señor, porque somos peregrinos camino a
Compostela, y esto puede ser un vicio. Haced en vuestra infini-
ta piedad que jamás consigamos volver el conocimiento contra
nosotros mismos.