Paulo Coelho
El Peregrino
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Seguía habiendo silencio. Petrus dejó de rezar y miraba fi-
jamente el campo de trigo que nos rodeaba.
La conquista
Cierta tarde llegamos a las ruinas de un antiguo castillo de
la Orden del Temple. Nos sentamos a descansar, Petrus fumó
su habitual cigarro y yo bebí un poco del vino que sobró de la
comida. Miré el paisaje a nuestro alrededor: algunas casas de
labradores, la torre del castillo, el campo con ondulaciones, la
tierra abierta, preparada para la siembra. De repente, a mi de-
recha, pasando junto a los muros en ruinas, un pastor regresa-
ba del campo con sus ovejas. El cielo estaba rojo y la polvareda
levantada por los animales tornó el paisaje difuso, como si fue-
ra un sueño, una visión mágica. El pastor levantó la mano e
hizo un ademán; le respondimos.
Las ovejas pasaron ante nosotros y siguieron su camino.
Petrus se levantó. La escena lo había impresionado.
—Vámonos rápido. Necesitamos apurarnos —dijo.
—Por qué?
—Porque sí. Además, ¿no te parece que llevamos ya mucho
tiempo en el Camino de Santiago?
Pero algo me decía que su prisa estaba relacionada con la
escena mágica del pastor y sus ovejas.
Dos días después llegamos cerca de unas montañas que se
elevaban al sur, rompiendo con la monotonía de los inmensos
campos cubiertos de trigo. El terreno presentaba algunas ele-
vaciones naturales, pero estaba bien señalizado por las marcas
amarillas del padre Jorge. Mientras tanto, Petrus, sin darme
explicaciones, comenzó a alejarse de las señales amarillas y a
penetrar cada vez más hacia el norte. Llamé su atención sobre
ese hecho, y respondió con sequedad diciendo que era mi guía
y sabía dónde me llevaba.
Después de casi media hora de caminar, comencé a oír un
ruido como de un salto de agua. Alrededor sólo estaban los
campos quemados por el sol y empecé a imaginar qué rumor
sería ése. Pero, a medida que caminábamos, el ruido aumenta-
ba cada vez más, hasta no dejar la menor sombra de duda de
que provenía de una cascada. Lo único fuera de lo común es