––Escuche: el autor del escrito, hombre o mujer, iba a completar la palabra «Rachel» cuando se vio im-
pedido de hacerlo. No le quepa duda que una vez desentrañado el caso saldrá a relucir una dama, de nom-
bre, precisamente... ¡Sí, ría cuanto quiera, señor Holmes, mas no olvide, por listo que sea, que después de
habladas y pensadas las cosas, no resta mejor método que el del viejo perro de rastreo!
––Le ruego que me perdone ––repuso mi c ompa ñero, quien había e xcitado la cólera del hombrecillo con
un súbito acceso de risa––. Sin duda corresponde a usted el mérito de haber descubierto antes que nadie la
inscripción, debida, según usted afirma, a la mano de uno de los actores de este drama. No me ha dado
lugar aún a examinar la habitación, cosa a la que ahora procederé con su permiso.
Esto dicho, desenterró de su bolsillo una cinta métrica y una lupa, de grueso cristal y redonda armadura.
Pertrechado 'con semejantes herramientas, se aprestó después a una silenciosa exploración de la pieza,
deteniéndose unas veces, arrodillándose otras, llegando incluso a ponerse de bruces en el suelo en determi-
nada ocasión. Tan absorto se hallaba por la tarea, que parecía haber olvidado nuestra presencia, estable-
ciendo consigo mismo un diálogo compuesto de un pintoresco conjunto de exclamaciones, gruñidos, susu-
rros y ligeros gritos de triunfo y ánimo, emitidos en ininterrumpida sucesión. Imposible era, frente a parejo
espectáculo, no darse a pensar en un sabueso bien entrenado y de pura sangre en persecución de su presa,
ora haciendo camino, ora deshaciendo lo andado, anhelante siempre hasta el hallazgo del rastro perdido.
Más de veinte minutos duraron las pesquisas, en el curso de las cuales fueron medidas con precisión mate-
mática distancias entre marcas para mí invisibles, o aplicada la cinta métrica, repentinamente, y de forma
igualmente inalcanzable, a los muros de la habitación. En cierto sitio reunió Holmes un montoncito de
polvo gris y lo guardó en un sobre. Finalmente, aplicó al ojo la lupa y sometió cada una de las palabras
escritas con sangre a un circunstanciadísimo examen. Hecho lo cual, debió dar las pesquisas por termina-
das, ya que fueron lupa y cinta devueltos a sus primitivos lugares.
––Se ha dicho que el genio se caracteriza por su infinita sensibilidad para el detalle ––observó con una
sonrisa––. La definición es muy mala, pero rige en lo tocante al oficio detectivesco.
Gregson y Lestrade habían seguido las maniobras de su compañero a mateur con notable curiosidad y un
punto de desdén. Evidentemente ignoraban aún, como yo había ignorado hasta poco a ntes, que los más
insignificantes ademanes de Sherlock Holmes iban enderezados siempre a un fin práctico y definido.
––¿Cuál es su dictamen? ––inquirieron a coro.
––¿Me creen capaz de menoscabar su mérito, osando iluminarles sobre el caso? ––repuso mi amigo––.
Están ustedes llevándolo muy diestramente, y sería pena inmiscuirse.
No necesito decir la hiriente ironía de estas palabras.
––Si tienen ustedes en lo sucesivo la bondad de confiarme la naturaleza de sus investigaciones ––
prosiguió––, me placerá ayudarles en la medida de mis fuerzas. Entre tanto sería conveniente cruzar unas
palabras con el policía que halló el cadáver. ¿Podría saber su nombre y dirección?
Lestrade consultó un libro de notas.
––John Rance ––dijo––. Está ahora fuera de servicio. Puede encontrarle en el cuarenta y seis de Audley
Court, Kennington Park Gate.
Holmes tomó nota de la dirección.
––Venga, doctor ––añadió––; vayamos a echar un vistazo a nuestro hombre... En cuanto a ustedes ––dijo
volviéndose hacia los policías––, les haré saber algo que acaso sea de su incumbencia. Existe un asesinato,
cometido, para más señas, por un hombre. Mide más de uno ochenta, se halla en la flor de la vida, tiene pie
pequeño para su altura, llevaba a la sazón unas botas bastas de punta cuadrada y estaba fumando un cigarro
puro tipo Trichinopoly. Llegó aquí con su víctima en un carruaje de cuatro ruedas, tirado por un ca ballo
con tres cascos viejos y uno nuevo, el de la pata delantera derecha; probablemente el asesino es de faz rubi-
cunda, y ostenta en la mano diestra unas uñas de peculiar longitud. No son muchos los datos, aunque pue-
den resultar de alguna ayuda.
Lestrade y Gregson intercambiaron una sonrisa de incredulidad.
––Suponiendo que se haya producido un asesinato, ¿cómo llegó a ser ejecutado? ––preguntó el primero.
––Veneno ––repuso cortante Sherlock Holmes, y se dirigió hacia la puerta––. Otra cosa, Lestrade ––
añadió antes de salir––. «Rache» es palabra alemana que significa «Venganza», de modo que no pierda el
tiempo buscando a una dama de ese nombre.
Disparada la última andanada dejó la habitación, y con ella a los dos boquiabiertos rivales.
4. El informe de John Rance