––Aquí me tienen en busca de lo mío, caballeros ––dijo improvisando otra reverencia––; un anillo de
compromiso perdido en Brixton Road. Pertenece a mi Sally, casada hace doce meses con un hombre que
trabaja como c amarero en un barco de la Unión. ¡No quiero ni decirles lo que pasaría si a la vuelta ve a su
mujer sin el anillo! ¡Es de natural irascible, y de malísimas pulgas cuando le da a la botella! Sin ir más lejos
ayer fue mi niña al circo...
––¿Es éste el anillo? ––pregunté.
––¡El Señor sea alabado! ––exclamó la mujer––. Feliz noche le aguarda hoy a Sally... Éste es el anillo.
––¿Tendría la bondad de darme su dirección? ––inquirí, tomando un lápiz.
––Duncan Street 13, Houndsditch. Muy a desmano de aquí.
––La calle Brixton no queda entre Houndsditch y circo alguno ––terció entonces Sherlock Holmes,
cortante.
La anciana dio media vuelta, mirándole vivamente con sus ojillos enrojecidos.
––El caballero pedía razón de mis señas ––dijo––. Sally vive en el 3 de Mayfield Place, Peckham.
––¿Su apellido es..?
––Mi apellido es Sawyer, y el de ella Dennis, Dennis por Tom Dennis, su marido, un chico apañadito
mientras está navegando ––los jefes, por cierto, lo traen en palmitas––, pero no tanto en tierra, a causa de
las mujeres y los bares...
––Aquí tiene usted el anillo, señora Sawyer ––interrumpí de acuerdo con una seña de mi compañero––;
no dudo que pertenece a su hija, y me complace devolverlo a su legítimo dueño.
Con mucho sahumerio de bendiciones, y haciendo protestas de gratitud, aquella ruina se embolsó el ani-
llo, deslizándose después escaleras abajo. En ese mismo instante Sherlock Holmes saltó literalmente de su
asiento y acudió veloz a su cuarto. Transcurridos apenas unos segundos apareció envuelto en un abrigo
largo y amplio, de los llamados Ulster, y vestido el cuello con una bufanda.
––Voy a seguirla ––me espetó a bocajarro––; se trata sin duda de un cómplice que nos conducirá hasta
nuestro hombre. ¡Aguarde aquí mi vuelta!
Apenas si la puerta principal se había cerrado tras el paso de nuestra visitante, cuando Holmes se precipi-
tó escaleras abajo. A través de la ventana pude observar a la vieja camina ndo penosamente a lo largo de la
acera opuesta, mientras mi amigo la perseguía a una prudencial distancia.
––O es todo un disparate ––pensé––, o esta mujer le llevará a la entraña del misterio.
No necesitaba Holmes haberme dicho que le aguardara en pie, puesto que jamás habría podido conciliar
el sueño hasta conocer el desenlace de la aventura.
Holmes había partido al filo de las nueve. No teniendo noción de cuando volvería, decidí matar el tiempo
aspirando estúpidamente el humo de mi pipa mie ntras fingía leer la Vie de Bohème de Henri Murger. Die-
ron las diez y oí los pasos de la sirviente camino de su dormitorio. Sonaron las once, y el más cadencioso
taconeo del ama de llaves cruzó delante de mi puerta, en dirección también a la cama. Serían casi las doce
cuando llegó a mis oídos el ruido seco del picaporte de la entrada. Ver a mi amigo y adivinar que no le
había asistido el éxito fue todo uno. La pena y el buen humor parecían disputarse en él la pree mine ncia,
hasta que de pronto llevó el se gundo la mejor parte y Holmes dejó escapar una franca carcajada.
––¡Por nada del mundo pe rmitiría que la Scotland Yard llegase a saber lo ocurrido! ––exclamó,
derrumbándose en su butaca––. He hecho tanta burla de ellos que no cesarían de recordármelo hasta el fin
de mis días. Sí, me río porque adivino que a la larga me saldré con la mía.
––¿Qué hay? ––pregunté.
––Le contaré un descalabro. Escuche: la vieja había caminado un trecho cuando comenzó a cojear, dando
muestras de tener los pies baldados. Al fin se detuvo e hizo señas a un coche de punto. Acorté la distancia
con el propósito de oír la dirección señalada al cochero, aunque por las voces de la vieja, bastantes a derri-
bar una muralla, bien pudiera haber excusado tanta cautela. «¡Lléveme al 13 de Duncan Street, Hounds-
ditch», chilló. «¿Habrá dicho antes la verdad?», pensé entonces para mí, y viéndola ya dentro del vehículo,
me enganché a la trasera de éste. Se trata el último, por cierto, de un arte que todo detective debiera domi-
nar. En fin, nos pusimos en movimiento, sin que una sola vez aminoraran los caballos su marcha hasta la
calle en cuestión. Antes de alcanzada la decimotercera puerta desmonté e hice lo que quedaba de camino a
pie, más bien despacio, como un paseante cualquiera. Vi detenerse el coche. Su conductor saltó del pescan-
te y fue a abrir una de sus portezuelas, donde permaneció un rato a la espera. Nadie asomó la cabeza.
Cuando llegué allí estaba el hombre palpando el interior de la cabina con aire de pasmo, al tiempo que
adornaba su cólera con el más florido rosario de improperios que jamás haya escuchado. No había trazas
del pasajero, quien según creo va a demorar no poco rato el importe de la carrera. Al preguntar en el núme-