Ciertamente no lo eran. De un gris nacarado, pequeños, redondos, se tornaban casi transparentes vistos al
trasluz.
––De su transparencia y ligereza concluyo que son solubles en agua ––observé.
––Exactamente ––repuso Holmes––. ¿Tendría ahora la bondad de bajar al primer piso y traer a ese pobre
terrier hace tiempo enfermo, el que ayer pretendía el ama de llaves que usted librase por fin de tanto sufri-
miento?
Descendí al primer piso y tomé al perro en mis brazos. La respiración difícil y la mirada vidriosa anun-
ciaban una muerte próxima. De hecho, por la nieve inmaculada de su hocico, podía colegirse que aquel
animal había vivido más de lo que es costumbre en la especie canina. Lo posé sobre un cojín, encima de la
alfombra.
––Partiré en dos una de estas píldoras ––a nunció Holmes, y sacando su cortaplumas hizo verdad lo que
había dicho––. Devolveremos la primera mitad a la caja, con el propósito que después se verá. La otra
mitad voy a colocarla en esta copa de vino, donde he vertido un poco de agua. Pueden ustedes apreciar que
nuestro amigo el doctor llevaba razón, y que la pastilla se disuelve en el líquido.
––No dudo que todo esto es fascinante ––terció Lestrade en el tono herido de quien sospecha estar siendo
víctima de una broma––; ¿pero qué demonios tiene que ver con la muerte de Joseph Stangerson?
––¡Paciencia, amigo mío, paciencia! Comprobará a su tiempo hasta qué punto no es sólo importante, sino
esencial. Bien, ahora añado a la mezcla unas gotas de leche que la hagan sabrosa y se la doy a beber al
perro, que no desdeñará el ofrecimiento.
En efecto, el animal apuró con ansiedad el mejunje que, mientras hablaba, había vertido Holmes en un
platillo y colocado después delante suyo. La actitud de mi amigo estaba revestida de tal graveda d que to-
dos, impresionados, permanecimos sentados en silencio y con la mirada fija en el perro, a la espera de al-
gún acontecimiento extraordinario. Ninguno se produjo, sin emba rgo. El terrier perma neció extendido
sobre el cojín, batallando por llenar de aire sus pulmones, ni mejor ni peor que antes de la libación.
Holmes había sacado su reloj de bolsillo, y conforme pasaba el tie mpo inútilmente, una grandísima deso-
lación se iba apoderando de su semblante. Se mordió los labios, aporreó la mesa con los dedos, y dio otras
mil muestras de aguda impaciencia. Tan fuerte era su agitación que sentí auténtica pena, al tiempo que los
dos detectives, antes jubilosos que afligidos por el fracaso de que eran testigos, sonreían maliciosamente.
––No puede tratarse de una coincidencia ––gritó al fin saltando de su asiento y midiendo la estancia a
grandes y frenéticos pasos––; es imposible que sea una pura coincide ncia. Las mismas píldoras que deduje
en el caso de Drebber aparecen tras la muerte de Stangerson. Y sin embargo son inofensivas. ¿Qué diantre
significa ello? Desde luego no cabe que toda mi cadena de inferencias apunte en una falsa dirección. ¡Im-
posible! Y aún así esta pobre criatura no ha empeorado! ¡Ah, ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!
Con un alarido de perfecta felicidad acudió a la caja, partió la segunda píldora en dos, la disolvió en
agua, añadió leche, y ofreció de nuevo la mezcla al terrier. No había tocado casi la lengua del desafortuna-
do animal aquel líquido, cuando una terrible sacudida recorrió todo su cuerpo, rodando después por tierra
tan rígido e inerte como si un rayo mortal se hubiera abatido sobre él desde las alturas.
Sherlock Holmes dio un largo suspiro y enjugó el sudor que perlaba su frente.
––Debiera tener más fe ––dijo––; ya es tiempo de saber que cuando un hecho semeja oponerse a una
apretada sucesión de deducciones, existe siempre otra interpretación que salva la aparente paradoja. De las
dos píldoras que hay en este pastillero, una es inofensiva, mientras que su compañera encierra un veneno
mortal. Vergüenza me causa no haberlo supuesto apenas vista la caja.
Semejante observación se me antojó gratuita, que difícilmente podía persuadirme de que Holmes la
hubiera hecho en serio. Ahí estaba, sin embargo, el perro muerto como testimonio de lo cierto de sus conje-
turas. Tuve la sensación de que empezaba a ver más claro, y sentí una suerte de vaga, incipiente percepción
de la verdad.
––Todo esto ha de sorprenderles ––prosiguió Holmes–– por la sencilla razón de que no repararon al prin-
cipio de la investigación en cierto dato, el único rico en consecuencias. Quiso la suerte que le concediera yo
el peso que realmente tenía, y los acontecimientos posteriores no han hecho sino afirmar mi suposición
original, de la que realmente se seguían como corolario lógico. Lo que a ustedes se presentaba en tinieblas
o dejaba perplejos, señalaba para mí el camino auténtico, esbozado ya en mis primeras conclusiones. No
debe confundirse lo insólito con lo misterioso. Cuanto más ordinario un crimen, más misterioso también, ya
que estarán ausentes las características o peculiaridades que puedan servir de punto de partida a nuestro
razonamiento. El asesinato hubiera resultado infinitamente más difícil de desentrañar si llega a ser descu-
bierto el cadáver en la calle y no acompañado de esos aditamentos sensacionales y outré, los que le conferí-