ALGUIEN QUE ANDA POR AHÍ
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había abierto la puerta para que ella entrara y Carlos no se había cruzado con ella, no había
salido primero como todos los otros, el hombre del pelo colorado, las señoras, todos menos
Carlos.
El sol se estrellaba contra la vereda, era el ruido y el aire de la calle; María Elena
caminó unos pasos y se quedó parada al lado de un árbol, en un sitio donde no había autos
estacionados. Miró hacia la puerta de la casa, se dijo que iba a esperar un momento para ver
salir a Carlos. No podía ser que Carlos no saliera, todos habían salido al terminar el trámite.
Pensó que acaso él tardaba porque era el único que había venido por segunda vez; vaya a
saber, a lo mejor era eso. Parecía tan raro no haberlo visto en la oficina, aunque a lo mejor
había una puerta disimulada por los carteles, algo que se le había escapado, pero lo mismo
era raro porque todo el mundo había salido por el pasillo como ella, todos los que habían
venido por primera vez habían salido por el pasillo.
Antes de irse (había esperado un rato, pero ya no podía seguir así) pensó que el
jueves tendría que volver. Capaz que entonces las cosas cambiaban y que la hacían salir por
otro lado aunque no supiera por dónde ni por qué. Ella no, claro, pero nosotros sí lo
sabíamos, nosotros la estaríamos esperando a ella y a los otros, fumando despacito y
charlando mientras el negro López preparaba otro de los tantos cafés de la mañana.