JULIO CORTÁZAR
BIBLIOTECA
_
IRC
46
Y sin embargo, Adriano en Florencia había avanzado hacia ella con el reclamo del
poseedor, ya no el amante fugitivo de Roma; peor, exigiendo reciprocidad, esperándola y
urgiéndola. Quizá el miedo nacía de eso, no era más que un sucio y mezquino miedo a las
complicaciones mundanas, Buenos Aires/Osorno, la gente, los hijos, la realidad
instalándose tan diferente en el calendario de la vida compartida. Y quizá no: detrás,
siempre, otra cosa, inapresable como una golondrina al vuelo. Algo que de pronto hubiera
podido precipitarse sobre ella, un cuerpo muerto golpeándola.
Hum. ¿Por qué le iba mal con los hombres? Mientras piensa como se la hace
pensar, hay como la imagen de algo acorralado, sitiado: la verdad profunda, cercada por
las mentiras de un conformismo irrenunciable. Pobrecita, pobrecita.
Los primeros días en Venecia fueron grises y casi fríos, pero al tercero estalló el sol
desde temprano y el calor vino enseguida, derramándose con los turistas que salían
entusiastas de los hoteles y llenaban la piazza San Marco y la Mercería en un alegre
desorden de colores y de lenguas.
A Valentina le agradó dejarse llevar por la cadenciosa serpiente que remontaba la
Mercería rumbo al Rialto. Cada recodo, el puente dei Baretieri, San Salvatore, el oscuro
recinto postal de la Fondamenta dei Tedeschi, la recibían con esa calma impersonal de
Venecia para con sus turistas, tan diferente de la convulsa expectativa de Napóles o el
ancho darse de los panoramas de Roma. Recogida, siempre secreta, Venecia jugaba una vez
más a hurtar su verdadero rostro, sonriendo impersonalmente a la espera de que en el día y
la hora propicios su voluntad de mostrarse de verdad al buen viajero lo recompensaran de
su fidelidad. Desde el Rialto miró Valentina los fastos del Canal Grande, y se asombró de la
distancia inesperada entre ella y ese lujo de aguas y de góndolas. Penetró en las callejuelas
que de
campo
en
campo
la llevaban a iglesias y museos, salió a los muelles desde donde
podían enfrentarse las fachadas de los grandes palacios corroídos por un tiempo plomizo y
verde. Todo lo veía, todo lo admiraba, sabiendo sin embargo que sus reacciones eran
convencionales y casi forzadas, como el elogio repetido a las fotos que nos van mostrando
en los álbumes de familia. Algo —sangre, ansiedad, o tan sólo ganas de vivir— parecía
haber quedado atrás. Valentina odió de pronto el recuerdo de Adriano, le repugnó la
petulancia de Adriano que había cometido la falta de enamorarse de ella. Su ausencia lo
hacía aún más odioso porque su falta era de las que sólo se castigan o se perdonan en
persona.
La opción ya tomada, se hace pensar como se quiere a Valentina, pero otras
opciones son posibles si se tiene en cuenta que ella optó por irse
sola
a Venecia. Términos
exagerados como odio y repugnancia, ¿se aplican en verdad a Adriano? Un mero cambio
de prisma, y no es en Adriano que piensa Valentina mientras vaga por Venecia. Por eso mi
amable infidencia florentina era necesaria, había que seguir proyectando a Adriano en el
centro de una acción que acaso así, acaso hacia el final del viaje, me devolviera a ese
comienzo en el que yo había esperado como todavía era capaz de esperar.
Venecia se le daba como un admirable escenario sin los actores, sin la savia de la
participación. Mejor así, pero también mucho peor; andar por las callejuelas, demorarse en
los pequeños puentes que cubren como un párpado el sueño de los canales, empezaba a