frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos
han mostrado su capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se
presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más
auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente
claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos
que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el
uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia
esencial de sentido que hay en términos tales como
individuo,
como
justicia social,
como
derechos humanos,
según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del
imperialismo o del fascismo.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia
atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para
sentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos
poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría
de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió
realidad en el estallido de la Revolución francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de
fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la
dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las
traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de un Napoleón
Bonaparte y las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su
mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las
democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo
XIX
y la primera
mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a
poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus
propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el
espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países
industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del
planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser violadas por
las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas
alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las
necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos,
nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, sí, y es necesario y
hermoso que así sea; pero, ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su
significado, de despojarlas de las adherencias de falsedad, de distorsión y de superficialidad
con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha
entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira?
Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por
parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo
escuchaba desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los
aliados y de los nazis. Recuerdo, con un asco que el tiempo no ha hecho más que
multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta
frase: «Aquí Alemania, defensora de la cultura.» Sí, ustedes me han oído bien, sobre todo
ustedes los más jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de
historia. Cada noche la voz repetía la misma frase: «Alemania, defensora de la cultura.» La
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