LA OTRA ORILLA
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angloamericana de Louis Untermeyer, la historia del Renacimiento en Italia de John
Aldington Symonds y —absurda complacencia— la serie de los Césares romanos desde el
héroe epónimo hasta el último capítulo de Anmiano Marcelino. Para esta tarea me traje —
con la gentil aprobación de la bibliotecaria de la Escuela— Tácito, Suetonio, los escritores
de la Historia Augusta y Marcelino. En el momento de escribir este relato he llegado a
conocer en detalle la vida de los emperadores hasta Probo; pegada a la pared de mi
habitación hay una gran hoja de cartulina y ahí registro uno por uno los nombres de
aquellos romanos y las fechas de sus reinados. Procedimiento menos mnemotécnico que
divertido, y que provoca (ya lo advertí regocijadamente) las sorprendidas miradas de las
hijas de doña Micaela cada vez que vienen a asear mi cuarto.
«And such is our life». Agregaré, para ilustración total del ambiente en que me
muevo, lo poco que resta de sus elementos: poemas en abrumadora cantidad (casi todos
míos, ¡ay!), la quinta edición de
Noticias gráficas,
algunas diversiones nocturnas como los
programas de la BBC y de KGEI (San Francisco), una botella de whisky Mountain Cream,
un tablero de cartón donde arrojo diestramente un cortaplumas y establezco concursos con
grandes premios que jamás gano; reproducciones de los cuadros de Gauguin, Van Gogh y
Giotto, examinados con la misma falta de respeto de la enumeración precedente. Y algunas,
muy pocas salidas al cine cuando por inexplicable equivocación la empresa local trae una
película de René Clair, de Walt Disney, de Marcel Carné. Nadie me visita, como no sea un
profesor que acude a veces y se extraña reiteradamente de mi salvajismo, y algunos
exalumnos que descubrieron en mí un consultor afectuoso, acaso un posible pero
indefinidamente postergado amigo.
Comprendo que mi relato ha guardado hasta ahora el exterior de un diario, manera
elegante de someter
comptes rendues
a biógrafos futuros, pero era necesario acaso para que
el posible lector se extrañe, como lo hice yo, de la rara sensación de encierro que me vino
en la tarde del 15 de junio. Existe un mal que se denomina claustrofobia; yo creo ser
inmune a él, no así a su contrario. Y con todo no conseguía cerrar el ambiente de lo que
estaba leyendo, entender plenamente por qué llamó Cornelio a Pedro en el décimo capítulo
de la
Apostelgeschichte.
Avancé penosamente, luchando contra un vacío interior, un deseo
alocado de cerrar el libro y echarme a la calle, a otra parte fuera de mi habitación. Me
debatía en ese combate durísimo del alma con el alma misma y renunciaba a proseguir la
letra luterana —imposible entender esto, por otra parte tan simple:
«Darum habe ich mich
nicht geweigert zu kommen...»,
X, 29— cuando algo más fuerte que yo me puso el
sombrero en la mano, y por primera vez en mucho tiempo abandoné mi cuarto y salí a
pasearme por las asoleadas calles del pueblo.
Caminar sin rumbo es una de las cosas menos gratas para un espíritu que, como el
mío, ama el orden y la eficiencia. El sol, sin embargo, me acariciaba la nuca con dedos
dulcísimos; y había un aire con pájaros, una atmósfera propicia y bellas muchachas que me
miraban sonriendo, extrañadas acaso de que yo parpadeara bajo esa luz enceguecedora de
las cuatro. Anduve por calles familiares, historiando veredas y casas; la paz volvía a mí
pero sin infundirme el deseo de retornar a mi cuarto del que me separaban ya muchas
calles. Mi cuerpo volvía a sentir esa impresión exquisita —tantas veces gustada en las
playas estivales— de disolverse bajo el sol, fundirse en el aire azul y tornarse incorpóreo,
conservando sólo el poder de sentir lo tibio, lo celeste, lo cómodo. ¡Verano de vacaciones,
definitivamente a mis espaldas y por cuánto tiempo! Pero esta tarde de otoño era un
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