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nuestra gata Flanelle, evitándole así que tuviera que afrontar las duras condiciones de vida
en la autopista, sin hablar del apoyo logístico que aportó al cargamento y arrumaje.
A Catherine Lecuiller, que gracias a habernos prestado un pequeño aparato
altamente científico garantizó nuestra protección contra la malaria, la fiebre amarilla y otras
pestes, asegurándonos además noches de sueño tranquilo sin las interrupciones y
sobresaltos fatigantes e inútiles provocados por la presencia de mosquitos.
A Nicole Rouen que, viajando de París hacia el consultorio de su dentista en el
tercer día de nuestra expedición, nos ofreció cerezas y un momento de agradable compañía.
A Karen Gordon que, con paciencia y comprensión infinitas, nos ayudó en los
preparativos finales, nos ofreció golosinas que saboreamos debidamente, y aceptó ocuparse
de la reexpedición de nuestro correo.
A René Caloz, que nos visitó inesperadamente en la autopista y que generosamente
nos ofreció dos botellas de
fendant
que hicieron nuestra delicia a lo largo de varios
aperitivos.
A Fafner, que a pesar de su naturaleza de dragón figura igualmente a título personal,
y sin cuya presencia nada hubiera sido posible.
A Jorge Enrique Adoum, Françoise Campo, Jérôme Timal, Julio Silva, Gladis y
Saúl Yurkiévich, Aurora Bernárdez, Nicole Piché, François Hébert, Hortense Chabrier,
Georges Belmond, Laure, Philippe y Vincent Bataillon, Marie-Claude, Laurent y Anne de
Brunhoff, que estaban en el secreto, nos dieron preciosos consejos que sería demasiado
largo enumerar aquí, y nos alentaron con sus sonrisas lejanas en los momentos difíciles.
A la Condesa, por muchas horas de lectura llenas de emociones.
A Brian Featherstone y a Martine Cazin que llegaron inesperadamente a visitarnos y
nos salvaron del tedio que crecía en un paradero particularmente estúpido.
Al señor y la señora Afonso, que tanto nos ayudaron en nuestros preparativos en
París.
A la señora María Martins, que nos ayudó a preparar sacos y paquetes con su buen
humor de siempre.
A los desconocidos de los paraderos que, con una sonrisa o un gesto amistoso,
pusieron más luz en el telón de fondo de cada día.