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Puse la reposera a la sombra de un pino para leer el diario; se fue la sombra y vino
el sol, no lo supe hasta despertarme de un sueño largo, dulce y ya casi olvidado, sé
solamente que hubo lobos y tal vez un tren.
La sensación como muchas veces cuando uno se despierta en una cama, en una
pieza que no son de su casa, cuando no está rodeado de sus paredes habituales y se diría
que el inconsciente tarda siempre en cambiar de decorado; no saber dónde está uno pero ya,
antes de abrir los ojos, la impresión de diferencia, aún más fuerte esta vez cuando el oído,
que tal vez nunca duerme (es cierto que su función se incorpora con frecuencia a los
sueños, por lo menos) manda señales diciendo qué carajo es ese ruido, ni de ciudad ni de
campo, y abro los ojos y estoy todavía al lado del pino, ya soleado, y a unos metros está
Fafner, hermoso y fiel como siempre, su puerta abierta. Está vacío, Julio ha dejado de
escribir a máquina; buscando sombra antes de todo entro en el dragón, como unas cerezas
de Nicole (yo que casi nunca como cerezas, desde que aprendí en los restaurantes
universitarios de Aix-en-Provence que casi siempre están habitadas, sé que en éstas no
habrá ningún gusano) y de repente me doy cuenta de lo raro que es, cuando no vuelve Julio,
no saber dónde está... Y la fantasía se vuelve agradable, está caminando por allá, está
durmiendo en el pasto, ha encontrado un camino secreto. Y me invento otro juego, ni idea
tiene Julio de dónde lo veo caminar, de las cosas que hace, y tampoco se lo voy a decir
ahora porque hay lo bueno y lo malo, el problema de siempre: cuando uno abre la puerta a
lo fantástico, entra todo entero, y me asombra ver de repente a Julio caminando con su
sonrisa de siempre, me dice que ha tomado un formidable baño de sol, en un prado se quitó
toda la ropa menos el slip, y entonces pienso: mientras te sacabas el pulóver andabas por tal
camino, en el momento de sacarte los jeans habías trepado a un árbol y mirabas lo que hay
del otro lado de las colinas, y esto sin hablar de cuando pusiste la camiseta en el banco a tu
lado, pero yo no te voy a contar de los hombres que vinieron ni de la ciudad, todo eso
también nació de tu libertad o de la de los sueños.
Al lector:
Este texto de Carol parece haberse truncado aquí, o acaso se perdió una página;
Julio no hizo más que corregir alguna falta menor, dejándole toda su libertad y hasta alguna
que otra palabrota, que Carol emplea con la soltura de todo extranjero cuando maneja una
lengua que no es la suya (y cuando no es un puritano estúpido).
Significativamente, la Osita utilizó de nuevo el español para referirse más adelante a
Calac y a Polanco, a quienes como de costumbre (mala costumbre, dicen algunos) Julio
tiende a introducir en sus novelas y otros textos, so pretexto de que son ellos, los tártaros
malditos, quienes lo hacen por su cuenta. Sé que al igual que la «compañía» diabólica que
nos hostigaba, Carol toma muy en serio la ocasional invasión de mis dos compadres que
pretenden protegernos y de paso se toman nuestro vino y se comen nuestro paté, con lo