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plácido empezó a reírse bajito y se tapó educadamente la boca con un guante,
Oliveira tuvo que admitir que el tipo tenía derecho, no le podía exigir que se
callara, y Berthe Trépat debía sospechar lo mismo porque cada vez erraba más
notas y parecía que se le paralizaban las manos, seguía adelante sacudiendo los
antebrazos y sacando los codos con un aire de gallina que se acomoda en el nido,
Mon coeur s’ovre à ta voix, de nuevo Où va la jeune hindoue?, dos acordes sincréticos,
un arpegio rabón Les filles de Cadix, tra-la-la-la, como un hipo, varias notas juntas
a lo (sorprendentemente) Pierre Boulez, y el señor de aire plácido soltó una
especie de berrido y se marchó corriendo con los guantes pegados a la boca, justo
cuando Berthe Trépat bajaba las manos, mirando fijamente el teclado, y pasaba
un largo segundo, un segundo sin término, algo desesperadamente vacío entre
Oliveira y Berthe Trépat solos en la sala.
—Bravo —dijo Oliveira, comprendiendo que el aplauso hubiera sido
incongruente—. Bravo, madame.
Sin levantarse, Berthe Trépat giró un poco en el taburete y puso el codo en un
la natural. Se miraron. Oliveira se levantó y se acercó al borde del escenario.
—Muy interesante —dijo—. Créame, señora, he escuchado su concierto con
verdadero interés.
Qué hijo de puta.
Berthe Trépat miraba la sala vacía. Le temblaba un poco un párpado. Parecía
preguntarse algo, esperar algo. Oliveira sintió que debía seguir hablando.
—Un artista como usted conocerá de sobra la incomprensión y el snobismo
del público. En el fondo yo sé que usted toca para usted misma.
—Para mí misma —repitió Berthe Trépat con una voz de guacamayo
asombrosamente parecida a la del caballero que la había presentado.
—¿Para quién, si no? —dijo Oliveira, trepándose al escenario con la misma
soltura que si hubiera estado soñando—. Un artista sólo cuenta con las estrellas,
como dijo Nietzsche.
—¿Quién es usted, señor? —se sobresaltó Berthe Tréppat.
—Oh, alguien que se interesa por las manifestaciones... —Se podía seguir
enhebrando palabras, lo de siempre. Si algo contaba era estar ahí, acompañando
un poco. Sin saber bien por qué.
Berthe Trépat escuchaba, todavía un poco ausente. Se enderezó con dificultad
y miró la sala, las bambalinas.
—Sí —dijo—. Ya es tarde, tengo que volver a casa. —lo dijo por ella misma,
como si fuera un castigo o algo así.
—¿Puedo tener el placer de acompañarla un momento? —dijo Oliveira,
inclinándose—. Quiero decir, si no hay alguien esperándola en el camarín o a la
salida.
—No habrá nadie. Valentín se fue después de la presentación. ¿Qué le pareció
la presentación?
—Interesante —dijo Oliveira cada vez más seguro de que soñaba y que le
gustaba seguir soñando.