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entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya
estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la
habían visto. Mas, apenas la hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo
indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu
presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó
la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver
desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o
a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre
Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas; que,
por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en
vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se
llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho –respondió
Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van
todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así,
ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho
tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser
poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que
me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo
hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo
que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que
el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae
muy mal el decir ''Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo''. Pero,
puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr
iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la
vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen,
sería un an dar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían
de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser
los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de
ser voluntario, y no forzos o. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué
queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me
queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea,
¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que
habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es,
el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora
no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por
habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa;
que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada
aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y
las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no
debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al
cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es
amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su
gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.
Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis
espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.
Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he
desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no
habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos
bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace
cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a
corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su
sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era