cimientos. Ante cuyo ejemplo, llegué a persuadirme de que no sería en verdad sensato que un
particular se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde los cimientos, y derribándolo
para enderezarlo; ni aun siquiera reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las
escuelas para su enseñanza; pero que, por lo que toca a las opiniones, a que hasta entonces había
dado mi crédito, no podía yo hacer nada mejor que emprender de una vez la labor de suprimirlas,
para sustituirlas luego por otras mejores o por las mismas, cuando las hubiere ajustado al nivel de la
razón. Y tuve firmemente por cierto que, por este medio, conseguiría dirigir mi vida mucho mejor
que si me contentase con edificar sobre cimientos viejos y me apoyase solamente en los principios
que había aprendido siendo joven, sin haber examinado nunca si eran o no verdaderos. Pues si bien
en esta empresa veía varias dificultades, no eran, empero, de las que no tienen remedio; ni pueden
compararse con las que hay en la reforma de las menores cosas que atañen a lo público. Estos
grandes cuerpos políticos, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun
sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente muy duras. Además, en lo
tocante a sus imperfecciones, si las tienen - y sólo la diversidad que existe entre ellos basta para
asegurar que varios las tienen -, el uso las ha suavizado mucho sin duda, y hasta ha evitado o
corregido insensiblemente no pocas de entre ellas, que con la prudencia no hubieran podido
remediarse tan eficazmente; y por último, son casi siempre más soportables que lo sería el
cambiarlas, como los caminos reales, que serpentean por las montañas, se hacen poco a poco tan
llanos y cómodos, por, el mucho tránsito, que es muy preferible seguirlos, que no meterse en
acortar, saltando por encima de las rocas y bajando hasta el fondo de las simas.
Por todo esto, no puedo en modo alguno aplaudir a esos hombres de carácter inquieto y
atropellado que, sin ser llamados ni por su alcurnia ni por su fortuna al manejo de los negocios
públicos, no dejan de hacer siempre, en idea, alguna reforma nueva; y si creyera que hay en este
escrito la menor cosa que pudiera hacerme sospechoso de semejante insensatez, no hubiera
consentido en su publicación (17). Mis designios no han sido nunca otros que tratar de reformar mis
propios pensamientos y edificar sobre un terreno que me pertenece a mí solo. Si, habiéndome
gustado bastante mi obra, os enseño aquí el modelo, no significa esto que quiera yo aconsejar a
nadie que me imite. Los que hayan recibido de Dios mejores y más abundantes mercedes, tendrán,
sin duda, más levantados propósitos; pero mucho me temo que éste mío no sea ya demasiado audaz
para algunas personas. Ya la mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas
anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir. Y el mundo se compone casi sólo de dos
especies de ingenios, a quienes este ejemplo no conviene, en modo alguno, y son, a saber: de los
que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni
conservar la bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos; por donde
sucede que, si una vez se hubiesen tomado la libertad de dudar de los principios que han recibido y
de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda que hay que seguir para ir
más en derechura, y permanecerán extraviados toda su vida; y de otros que, poseyendo bastante
razón o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que otras
personas, de quienes pueden recibir instrucción, deben más bien contentarse con seguir las
opiniones de esas personas, que buscar por sí mismos otras mejores.
Y yo hubiera sido, sin duda, de esta última especie de ingenios, si no hubiese tenido en
mi vida más que un solo maestro o no hubiese sabido cuán diferentes han sido, en todo tiempo, las
opiniones de los más doctos. Mas, habiendo aprendido en el colegio que no se puede imaginar nada,
por extraño e increíble que sea, que no haya sido dicho por alguno de los filósofos, y habiendo visto
luego, en mis viajes, que no todos los que piensan de modo contrario al nuestro son por ello
bárbaros y salvajes, sino que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la razón; y habiendo
considerado que un mismo hombre, con su mismo ingenio, si se ha criado desde niño entre
franceses o alemanes, llega a ser muy diferente de lo que sería si hubiese vivido siempre entre
chinos o caníbales; y que hasta en las modas de nuestros trajes, lo que nos ha gustado hace diez
años, y acaso vuelva a gustarnos dentro de otros diez, nos parece hoy extravagante y ridículo, de
suerte que más son la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden, que un conocimiento cierto; y