por el gobernador de tal manera que le hablaba con el sombrero en la mano, comprendió Dantés el objeto
de su visita, y viendo en fin que se le presentaba coyuntura de hablar a una autoridad superior, saltó hacia
él con las manos en actitud de súplica. Los soldados calaron bayoneta, temiendo que el preso se dirigiese
al inspector con malas intenciones; éste retrocedió un paso, asustado. Dantés comprendió que le habían
pintado a sus ojos como un hombre temible. Procuró entonces poner en su mirada cuanto de humildad y
mansedumbre hay en el corazón humano, y con una elocuencia piadosa que admiró a todos los
circunstantes trató de conmover al recién llegado. Escuchó hasta el fin el inspector el discurso de Dantés,
y volviéndose al gobernador le dijo en voz baja:
-Ya va haciéndose humano, y los sentimientos dulces empiezan a dominarle. Observad cómo el temor
obra en él su efecto; retrocedió ante las bayonetas, y el loco no retrocede ante peligro alguno. Sobre este
síntoma he hecho ya en Charentón observaciones muy curiosas. Después, volviéndose al preso:
-En resumen-le dijo-, ¿qué pedís?
-Pido que me digan el crimen que he cometido; que se me nombren jueces; que se me juzgue; que se
me fusile si soy culpable, pero que me pongan en libertad si soy inocente.
-¿Coméis bien? -le preguntó el inspector.
-Sí, yo lo creo..., no lo sé; pero eso importa poco. Lo que debe importar, no solamente a mí, pobre
preso, sino a todos los que se ocupan en hacer justicia, y sobre todo al rey que nos manda, es que el
inocente no sea víctima de una delación infame, y no muera entre cerrojos maldiciendo a sus verdugos.
-¡Qué humilde estáis hoy! -le dijo el gobernador-. No siempre sucede lo mismo, de otra manera
hablabais el día que quisisteis asesinar a vuestro guardián.
-Es verdad, señor -respondió Dantés-, y por ello pido humildemente perdón a este hombre, que ha sido
siempre bondadoso conmigo. Pero ¿qué queréis? Yo estaba loco, yo estaba furioso.
-¿Y ahora, ya no lo estáis?
-No, señor; porque la prisión me doma, me anonada. ¡Hace tanto tiempo que estoy aquí!
-¡Mucho tiempo! ¿En qué época os detuvieron? -le preguntó el inspector.
-El 28 de febrero de 1815, a las dos de la tarde.
El inspector se puso a calcular.
-Estamos a 30 de julio de 1816; no hace más que diecisiete meses que estáis preso.
-¿No hace más? -repuso Dantés-. ¿Os parecen pocos diecisiete meses? ¡Ah!, señor, ignoráis lo que son
diecisiete meses de cárcel; diecisiete años, diecisiete siglos, sobre todo para un hombre como yo, que
estaba próximo a ser feliz; para un hombre que vela abierta una carrera honrosa, y que todo lo pierde en
aquel mismo instante, que del día más claro y hermoso pasa a la noche más profunda, que ve su carrera
destruida, que no sabe si le ama aún la mujer que antes le amaba, que ignora en fin si su anciano padre
está muerto o vivo. Diecisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado al aire del mar, a la
independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infinito; caballero, diecisiete meses de cárcel
es el mayor castigo que pueden merecer los crímenes más horribles del vocabulario humano.
Compadeceos de mí, caballero, y pedid para mí no indulgencia, sino rigor, no indulto, sino justicia.
Justicia, señor, yo no pido más que justicia. ¿Quién se la niega a un preso?
-Está bien, ya veremos -dijo el inspector.
Y volviéndose hacia su acompañante añadió:
-En verdad me da lástima este pobre diablo. Luego me enseñaréis en el libro de registro su partida.
-Con mucho gusto -respondió el gobernador-, pero creo que hallaréis notas tremendas contra él.
-Caballero -prosiguió Edmundo-, bien sé que vos no podéis hacerme salir de aquí por vuestra propia
decisión, pero podéis transmitir mi súplica a la autoridad, provocar una requisitoria, hacer en fin que se
me juzgue. ¡Justicia es todo lo que pido! Sepa yo al menos de qué crimen se me acusa, y a qué castigo se
me sentencia. La incertidumbre es el peor de todos los suplicios.
-Contadme, pues, detalles del asunto -dijo el inspector.
-Señor -exclamó Dantés-, por vuestra voz comprendo que estáis conmovido. ¡Señor! ¡Decidme que
tenga esperanza!
-No puedo decíroslo -respondió el inspector-, sino solamente prometeros examinar vuestra causa.
-¡Oh! Entonces, caballero, estoy libre, ¡me he salvado!
-¿Quién os mandó detener? -preguntó el inspector.
-El señor de Villefort -respondió Edmundo Dantés-. Vedle y entendeos con él.
-Desde hace un año que el señor de Villefort no está en Marsella, sino en Tolosa.
-¡Ah! , no me extraña -balbució Dantés-. ¡He perdido a mi único protector!
-¿Tenía el señor de Villefort algún motivo para estar resentido con vos?
-Ninguno, señor; antes al contrario, fue muy bondadoso conmigo.
-¿Podré fiarme de las notas que haya dejado escritas sobre vos, o que me proporcione él mismo?
-Sí, señor.
-Pues bien: tened esperanza.