Caligula o Nerón, aquellos célebres rebuscadores de tesoros, que se dieron de cabezadas por todo lo
imposible, hubiesen atendido a este pobre hombre, le hubiesen concedido el aire que deseaba, el espacio
que en tanto tenía, la libertad que tan cara quería pagar; pero los reyes de ahora, encerrados en los límites
de lo probable, no tienen la audacia de la voluntad, temen el oído que escucha las órdenes que ellos
mismos dan, el ojo que ve sus acciones; no sienten en sí lo superior de la esencia divina, son hombres
coronados, en una palabra. En otro tiempo se creían o a lo menos se decían hijos de Júpiter, y
conservaban algo del ser de su padre; que no se plagian fácilmente las cosas de ultra-nubes. Ahora los
reyes se hacen muy a menudo vulgares. Sin embargo, como ha repugnado siempre al gobierno despótico
que se vean a la luz pública los efectos de la prisión y de la tortura; como hay pocos ejemplos de que una
víctima de la inquisición haya podido pasear por el mundo sus huesos triturados y sus sangrientas llagas,
así la locura, esta úlcera causada por el fango de los calabozos, se esconde casi siempre cuidadosamente
en el sitio en que ha nacido, o si sale de él es para enterrarse en un hospital sombrío, donde el médico no
puede distinguir ni al hombre ni al pensamiento entre las informes ruinas que el carcelero le entrega.
Vuelto loco en la prisión el abate Faria, por su misma locura, estaba condenado a no salir nunca de ella.
En cuanto a Dantés, el inspector le cumplió su palabra, examinando el libro de registro cuando volvió a
los aposentos del gobernador. Así decía la nota referente a él:
Edmundo Dantés: Bonapartista acérrimo. Ha tomado una parte muy activa en la vuelta de Napoleón.
Téngase muy vigilado y con el mayor secreto. Esta nota era de otra letra y de otra tinta que las demás del
registro, lo que prueba que no ha sido anotada de la prisión de Edmundo. La acusación era bastante
positiva para dudar de ella. El inspector escribió, pues, debajo:
«Nada se puede hacer por él.»
Esta visita había hecho revivir a Dantés. Desde su entrada en el calabozo se había olvidado de contar
los días; pero el inspector le había dado una fecha nueva, y no la olvidó esta vez, sino que arrancando de
la pared un pedazo de yeso escribió en el muro: «30 de julio de 1816.» Desde este momento señaló con
una raya cada día que pasaba para poder calcular el tiempo.
Transcurrieron días, semanas y meses, y Dantés seguía confiado. Empezó por fijar para su salida de la
cárcel un término de quince días, pues suponiendo que el inspector no tuviese en su asunto sino la mitad
del interés que él mismo tenía, le bastaba con ese plazo. Transcurrido también éste, pensó que era absurdo
creer que el inspector se ocupase en tal cosa antes de su regreso a París, y como su vuelta era imposible
sin terminar la visita, que debía durar lo menos un mes o dos, alargó Edmundo su plazo hasta tres meses.
Pasados éstos hizo otro cálculo, prolongándolos hasta seis; pero cuando éstos pasaron también, halló que
juntos los primeros días con los meses había esperado diez y medio.
Durante dicho tiempo en nada había mudado su situación; ninguna nueva de consuelo había tenido, y
seguía como siempre mudo su carcelero. Dantés empezó a dudar de sus sentidos, a creer que lo que
tomaba por un recuerdo no era sino una visión de su fantasía, y que aquel ángel consolador solamente
había bajado a su calabozo en alas de un sueño.
Al cabo de un año trasladaron al gobernador del castillo, obteniendo el antiguo el mando de la fortaleza
de Ham, a la que se llevó muchos de sus dependientes, entre ellos el carcelero de Edmundo. Llegó el
nuevo gobernador, y como le costase mucho trabajo recordar los nombres de los presos, se los hizo
representar por números. Este horrible hotel tenía unas cincuenta habitaciones, cuyos números respectivos
tomaron sus habitantes. ¡El desgraciado marino dejó de llamarse Edmundo Dantés, conociéndose tan sólo
por el número 34!
Capítulo quince
El número 34 y el número 27
Dantés pasó por todos los grados de desventura que experimentan los presos olvidados en el fondo de
sus calabozos. Comenzó por recurrir al orgullo, que es una consecuencia de la esperanza y un íntimo
convencimiento de la propia inocencia; después dudó de su inocencia, lo que no dejaba de justificar un
tanto las suposiciones de locura del gobernador, y por último cayó del pedestal de su orgullo, y no para
implorar a Dios, sino a los hombres. Dios es el último recurso. El desgraciado que debería comenzar por
él, no llega a implorarle sino después de haber agotado todas sus esperanzas.
Pidió, pues, que le sacasen de su calabozo para ponerle en otro, aunque fuese más negro y más oscuro.
Un cambio, aunque perdiendo, era siempre un cambio, y le proporcionaría por algún tiempo distracción.
Pidió asimismo que le concediesen el pasear, y el tomar el aire, y libros a instrumentos. Nada le fue
concedido; pero no por eso dejó de pedir, pues se había acostumbrado a hablar con su carcelero, que era
más mudo que el anterior si es posible. Hablar con un hombre, aunque no le respondiese, había llegado a
parecerle una gran felicidad. Hablaba para escuchar su propia voz, pues cierta vez que ensayó en hablar a
solas, su voz le dio miedo.
Muchas veces, cuando estaba en libertad, se había horrorizado Dantés al recuerdo de esas cárceles
comunes de las poblaciones, donde los vagabundos están mezclados con los bandoleros y con los ase-