-Está bien -dijo el preso-. Hasta mañana.
Aunque pocas, el acento de estas palabras convenció a Dantés, que sin hacer ninguna pregunta más se
levantó, y tomando para ocultar los escombros las mismas precauciones de otros días, volvió a arrimar su
cama a la pared. Desde aquel instante se entregó en cuerpo y alma a su felicidad: ya no estaría solo,
quizás iba a ser libre; y lo peor que podría sucederle, si seguía preso, era tener un compañero, y como es
sabido, la prisión en compañía es sólo media prisión. Las quejas exhaladas en común son casi oraciones;
las oraciones en común son casi himnos de gratitud.
Dantés no hizo en todo el día más que pasear de un extremo al otro de su calabozo, saltándosele el
corazón de júbilo, júbilo que en algunos intervalos le ahogaba. Sentábase en la cama, apretándose el pe-
cho con las manos, y al menor ruido que se oía en el corredor lanzabase hacia la puerta; porque una o dos
veces le pasó por su imaginación la idea horrible de que le separasen de aquel hombre, a quien ya amaba
aún sin conocerle. Entonces tomó una resolución: si el carcelero separaba su cama de la pared, y veía la
excavación, y se inclinaba para examinarla, él le asesinaría al punto con la baldosa en que colocaba el
cántaro de agua.
Le condenarían a muerte, bien lo sabía; pero ¿no iba él a morir de fastidio y desesperación cuando
aquel ruido milagroso le volvió a la vida?
A la noche volvió el carcelero. Dantés estaba acostado, porque le parecía que así ocultaba mejor la
excavación. Con ojos muy extrañados debió de mirar sin duda al inoportuno carcelero, porque éste le
dijo:
-Vamos, ¿vais a volveros loco otra vez?
Dantés no respondió, porque temía que lo conmovido de su acento le delatase. El carcelero se fue,
moviendo la cabeza. Al llegar la noche creyó Dantés que su vecino se aprovecharía del silencio y de la
oscuridad para reanudar la conversación; pero nada menos que eso: transcurrió la noche sin que ningún
ruido respondiese a su febril ansiedad; pero, por la mañana, después de la visita de costumbre, cuando ya
él había separado su cama de la pared, sonaron tres golpecitos acompasados, que le hicieron ponerse
apresuradamente de radillas.
-¿Sois vos? -dijo- ¡Aquí estoy!
-¿Se ha marchado ya el carcelero? -preguntó la voz.
-Sí, y no volverá hasta la noche -contestó Dantés-. Tenemos doce horas a nuestra disposición.
-¿Puedo, pues, trabajar? -preguntó la voz.
-Sí, sí, ¡al instante! ¡Al instante! Yo os lo suplico.
Y en el mismo mo mento la tierra en que apoyaba Dantés ambas manos, pues tenía la mitad del cuerpo
metido en el agujero, vaciló como si le faltara la base. Echóse hacia atrás Dantés, y una porción de tierra y
piedras se precipitó por otro agujero que acababa de abrirse debajo del que había abierto él. Entonces, en
el fondo de aquel lóbrego antro, cuya profundidad no podía calcularse a primera vista, apareció una
cabeza, unos hombros, y un hombre, por último, que salía con bastante agilidad.
Capítulo dieciséis
Un sabio italiano
Dantés recibió en sus brazos a aquel nuevo amigo, por tanto tiempo esperado, y lo llevó junto a su
ventana para que le alumbrase por entero la tenue luz del calabozo.
Era un hombre pequeño de estatura, encanecido más por las penas que por los años, ojos de mirada
penetrante ocultos por espesas cejas, también un tanto canas, y de larguísima barba que todavía se con-
servaba negra. Lo demacrado de su rostro, que surcaban arrugas profundísimas, la línea atrevida de sus
facciones, todo en él, en fin, revelaba al hombre más acostumbrado a ejercer las facultades del alma que
las del cuerpo. La frente del recién llegado estaba bañada en sudor y en cuanto al traje, era imposible
distinguir la forma primitiva, porque se le caía a pedazos. Lo menos representaba sesenta y cinco años,
aunque cierto vigor en las acciones .demostraba que tal vez tenía menos edad que la que le hacía
representar su prolongado encierro.
Acogió el recién llegado las entusiastas protestas del joven con una especie de agrado, y parecía como
si su alma helada reviviese por un instante para confundirse con aquella alma ardiente. Agradecióle, pues,
efusivamente su cordialidad, aunque le había causado una impresión muy terrible hallar un segundo
calabozo donde creyó encontrar la libertad.
-Veamos primeramente -le dijo- si hay medio de que los carceleros no den con el quid de nuestras
entrevistas. Nuestra tranquilidad futura consiste en que ellos ignoren lo que ha pasado.
Y, al decir esto, se inclinó hacia la excavación, y alzando la piedra en vilo, aunque era grande su peso,
la volvió a colocar en su sitio.
-Esta piedra ha sido arrancada con poca precaución -dijo al inclinarse-. ¿Tenéis herramientas?
-¿Y vos -le respondió Dantés admirado-, las tenéis acaso?
-He construido algunas. A excepción de lima, tengo todas las que necesito: escoplo, tenazas y palanca.