-¿Os dan papel, tinta y plumas?
No, pero yo me lo he hecho.
-¡Vos hacéis papel, tinta y plumas! -exclamó Dantés.
-Sí.
Dantés, admirado, miró a aquel hombre, aunque costándole trabajo creer lo que le decía. Faria notó esta
ligera duda y le dijo:
-Cuando vengáis a mí cuarto, os enseñaré una obra completa, resultado de todos los pensamientos,
reflexiones a indagaciones de toda mi vida. La había imaginado a la sombra del Coliseo, en Roma, al pie
de la columna de San Marcos, en Venecia, y a orillas del Arno, en Florencia. Entonces yo no sospechaba
siquiera que mis verdugos me obligarían a escribirla en un calabozo del castillo de If. Intitúlase mi libro
Tratado sobre la posibilidad de una sola monarquía italiana. Formará un volumen en cuarto muy
abultado.
-¿Y la habéis escrito...?
-En dos camisas. He inventado una preparación que pone al lienzo liso y compacto como el pergamino.
-¿Sois también químico?
-Poca cosa. He conocido a Lavoisier, y tratado amistosamente a Cabanis.
-Pero para esa obra habréis necesitado algunos apuntes históricos. ¿Tenéis libros?
-En Roma tenía una biblioteca de cerca de cinco mil volúmenes, y a fuerza de leerlos y releerlos
comprendí que con ciento cincuenta obras elegidas con inteligencia, se posee, si no el resumen completo
del saber humano, lo más útil tan siquiera. Dediqué tres años de mi vida a leer y releer esas ciento
cincuenta obras, de modo que cuando me prendieron las sabía casi de memoria, y con un leve esfuerzo las
he ido recordando todas en mi prisión. De cabo a rabo podría recitaros a Tucídides, Jenofonte, Plutarco,
Tito Livio, Tácito, Strada, Jornandés, Dante, Montaigne, Shakespeare, Espinosa, Maquiavelo y Bossuet.
Solamente os cito los más importantes.
-¿Sabéis muchos idiomas?
-Hablo cinco lenguas: el alemán, el francés, el italiano, el inglés y el español. Con ayuda del griego
antiguo comprendo el griego moderno; aunque lo hablo mal, lo estoy al presente estudiando.
-¿Lo estáis estudiando? -dijo Dantés.
-Sí, ciertamente. He hecho un vocabulario de las palabras que sé, combinándolas de todas las maneras
para que puedan expresar lo que pienso. Sé cerca de mil palabras, y en rigor no necesito de más, aunque
haya cien mil en los diccionarios, si no me equivoco. No seré quizás elocuente, pero me daré a entender, y
con esto me basta.
Cada vez más asombrado, Edmundo empezaba a juzgar sobrenaturales las facultades de aquel hombre.
Puso empeño en cogerle en descubierto en algún punto y continuó:
-Pero si no os han dado plumas, ¿cómo habéis podido escribir esta obra tan voluminosa?
-He hecho plumas excelentes que, a ser conocidas, las preferiría todo el mundo, con los cartílagos de la
cabeza de esas enormes pescadillas que algunas veces nos dan a comer los días de vigilia. Por lo cual, veo
con mucho placer llegar los miércoles, los viernes y los sábados, porque espero aumentar mi provisión de
plumas, y porque son mi tarea más dulce los trabajos históricos, yo lo confieso. Absorbiéndome en el
pasado me olvido del presente, volando libre y a mis anchas por la historia, me olvido de que no tengo
libertad.
-Pero ¿y la tinta? ¿Con qué hacéis la tinta? -dijo Dantés.
-En otro tiempo -contestó Faria- había en mi calabozo una chimenea, que sin duda estuvo tapiada antes
de mi venida, pero por espacio de muchos años han encendido en ella lumbre, puesto que todo el cañón
está cubierto de hollín. He disuelto este hollín en el vino que me dan todos los domingos, y he ahí una
tinta magnífica. Para las notas, y para aquellos pasajes que han de atraer poderosamente la atención de los
lectores, me pico los dedos con un alfiler y los escribo con mi sangre.
-Y ¿cuándo podré yo ver todo eso? -le preguntó Dantés.
-Cuando queráis -respondió Faria.
-¡Oh! ¡Ahora! ¡Ahora mismo! -exclamó el joven.
-Pues seguidme -dijo Faria, y se metió en el camino subterráneo. Dantés le siguió.
Capítulo diecisiete
El calabozo del abate Faria
Después de haber pasado encorvado, pero con bastante facilidad, por el camino subterráneo, llegó
Dantés al extremo opuesto, que lindaba con el calabozo del abate. Allí el paso era más difícil, y tan estre-
cho, que apenas bastaba a un hombre.
El calabozo del abate estaba embaldosado, y levantando una de estas baldosas del rincón más oscuro
fue como empezó la maravillosa empresa cuyo término vio Dantés, y de pie todavía, púsose a examinar el
cuarto con suma atención. A primera vista no presentaba nada de particular.