-¿Si yo quiero llamarlo así? -Bullard soltó una carcajada -. ¡Pues claro que sí!
Es el padre de la bombilla y de no sé qué más cosas.
- Si usted quiere pensar que él inventó la bombilla, hágalo. No le hace daño a
nadie. El desconocido reanudó su lectura.
- Oiga, ¿de qué se trata? - dijo Bullard, desconfiado -. ¿Me está tomando el
pelo? ¿Qué es eso de un analizador de inteligencias? Jamás oí hablar de eso.
- Claro que no - dijo el desconocido -. El señor Edison y yo prometimos
mantenerlo en secreto. Jamás le he dicho a nadie. El señor Edison rompió su
promesa y se lo contó a Henry Ford, pero Ford le hizo prometer que jamás se lo
contaría a nadie más, en bien de la humanidad.
Bullard se encontraba fascinado. - Uh, este analizador de inteligencia - dijo -,
analizaba la inteligencia, ¿no es así?
- Era una mantequillera eléctrica - dijo el desconocido.
- Hablo en serio - le instó Bullard.
Quizá sería mejor comentarlo con alguien - dijo el desconocido - Es terrible
tenerlo guardado después de tantos años. Pero ¿ como puedo estar seguro de que
no pasará de aquí?
- Mi palabra de caballero - le aseguró Bullard.
- No creo poder encontrar una mejor garantía, ¿verdad? - dijo el desconocido,
juiciosamente.
- No existe mejor garantía - dijo Bullard con orgullo -. ¡Le doy mi palabra, y
si no que me parta un rayo!
- Muy bien. El desconocido se inclinó hacia atrás y cerró los ojos. Parecía
como si viajara hacia el pasado a través del tiempo. Guardó silencio durante un
minuto, mientras Bullard lo miraba con respeto.
- Sucedió en el otoño de mil ochocientos setenta y nueve - dijo el
desconocido finalmente, en voz baja -. Allá en el pueblo de Menlo Park, New
Jersey. Yo tenía nueve años. Un joven - todos creíamos que era un brujo- había
montado un laboratorio junto a mi casa y ahí dentro veíamos destellos de luz y
escuchábamos estallidos y sucedían cosas que nos asustaban. Se advirtió a los
niños del vecindario que no se acercaran, que no hicieran ningún ruido que
molestara al brujo.
- Yo no conocí a Edison luego luego, pero su perro Sparky y yo llegamos a
ser buenos amigos. Un perro muy parecido al suyo, así era Sparky, y
jugueteábamos por todo el vecindario. Si, señor, su perro es igualito a Sparky.
- No me diga - dijo Bullard, halagado.
- Palabra - dijo el desconocido -. Bueno, pues un día Sparky y yo jugábamos
y llegamos hasta la puerta del laboratorio de Edison. Antes de que me diera
cuenta, Sparky me había empujado a través de la puerta, y ¡cataplúm! , me
encontré sentado sobre el piso del laboratorio y frente a mí estaba el señor
Edison en persona.