-¿Cómo? - dijo Bullard, receloso.
- En realidad lo teníamos encerrado. Había tres cerraduras en la puerta: una
alcayata, un cerrojo y una perilla con aldaba. El perro se paró, desenganchó la
alcayata, jaló el cerrojo y ya tenía la perilla entre los dientes cuando Edison lo
agarró.
- ¡No! - dijo Bullard.
- ¡Sí! - afirmó el desconocido, los ojos brillantes -. Y fue entonces que Edison
me mostró lo grande que era como científico, Estaba dispuesto a enfrentarse con
la verdad, sin importarle lo desagradable que pudiera resultar.
-¡Conque esas tenemos! -le dijo Edison a Sparky -. Conque el mejor amigo
del hombre, ¿no? Conque un animal tonto, ¿no? - Ese Sparky era algo serio.
Hizo como que no escuchaba. Se rascó y se puso a morder sus pulgas y daba
vueltas gruñendo a los agujeros de las ratas: cualquier cosa que le permitiera
esquivar la mirada de Edison.
-¿Conque la buena vida, Sparky? dijo Edison -. Dejas que otro se preocupe
por traer los alimentos, construir refugios y mantenerte calientito mientras tú
duermes frente a la chimenea o persigues a las chicas o jugueteas con los
muchachos. Nada de hipotecas, nada de política, nada de guerra, nada de
trabajo, nada de preocupaciones. Sólo tienes que mover la vieja cola o lamer
una mano, y estás listo.
- Señor Edison - dije yo -, ¿quiere usted decir que los perros son más
inteligentes que las personas?
-¿Más inteligentes? - dijo Edison -. ¡Estoy dispuesto a decirlo a todo el
mundo! ¿Y qué es lo que he estado haciendo durante todo un año? ¡Trabajando
como esclavo para hacer una bombilla que permita a los perros jugar por la
noche!
- Mire, señor Edison - dijo Sparky- por qué no... - ¡Un momento! - rugió
Bullard.
-¡Silencio! - gritó el desconocido, victorioso -. Mire, señor Edison - dijo
Sparky -, ¿por qué no guarda silencio acerca de todo esto? Ha venido
funcionando a satisfacción de todo el mundo durante cientos de miles de años.
Deje echados a los perros que duermen. Usted se olvida de todo, destruye el
analizador de inteligencia, y yo le digo qué usar como filamento para su
lámpara.
-¡Son puras mentiras! - dijo Bullard, la cara amoratada.
- Le doy mi palabra solemne de caballero. Ese perro me premió por mi
silencio con un dato confidencial de la bolsa de valores que me hizo acaudalado
e independiente por el resto de mis días. Y las últimas palabras pronunciadas
por Sparky fueron dirigidas a 'Thomas Edison.
- Pruebe un trozo de hilo de algodón carbonizado - dijo -. Más tarde, lo hizo
pedazos una jauría de perros que se había reunido afuera de la puerta a
escuchar.