Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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vivido anteriormente por otro, otro que no era un hombre. Lo que él
hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestas
inauguradas por otros.
Esa repetición consciente de hazañas paradigmáticas determinadas
denuncia una ontología original. El producto bruto de la Naturaleza, el
objeto hecho por la industria del hombre, no hallan su realidad, su
identidad, sino en la medida en que participan en una realidad
trascendente. El acto no obtiene sentido, realidad, sino en la medida en
que renueva una acción primordial.
Grupos de hechos tomados a través de las culturas diversas nos
ayudarán a reconocer mejor la estructura de esa ontología arcaica. Los
agruparemos bajo tres grandes títulos:
1°, los elementos cuya realidad es función de la repetición, de la
imitación de un arquetipo celeste;
2°, los elementos: ciudades, templos, casas, cuya realidad es
tributaria del simbolismo del Centro supraterrestre que los asimila a sí
mismo y los transforma en “centros del mundo”;
3°, por último los rituales y los actos profanos significativos, que
sólo poseen el sentido que se les da porque repiten deliberadamente tales
hechos planteados ab origine por dioses, héroes o antepasados.
La revista misma de esos hechos iniciará el estudio de la concepción
ontológica subyacente que luego propondremos desentrañar, y que sólo
ella puede fundar.
ARQUETIPOS CELESTES DE LOS TERRITORIOS, DE LOS
TEMPLOS Y DE LAS CIUDADES
Según las creencias mesopotámicas, el Tigris tiene su modelo en la
estrella Anunit, y el Eufrates en la estrella de la Golondrina.
2
Un texto
súmero habla de la “morada de las formas de los dioses”, donde se
hallan “(la divinidad) de los rebaños y las de los cereales”.
3
Para los
pueblos altaicos, asimismo, las montañas tienen un prototipo ideal en el
cielo.
4
Los nombres de los lugares y de los nomos egipcios se daban según
los “campos” celestes: empezaban por conocer los “campos celestes”, y
luego los identificaban en la geografía terrestre.
5
En la cosmología irania de tradición zervanita, “cada fenómeno
terrestre, ya abstracto, ya concreto, corresponde a un término celestial,
trascendental, invisible, una ‘idea’ en el sentido platónico. Cada cosa,