Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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cada noción, se presenta en un doble aspecto: el de menok y el de getik.
Hay un cielo visible.
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Nuestra tierra corresponde a una tierra celestial.
Cada virtud practicada aquí abajo, en el getah, posee una contrapartida...
El año, la plegaria..., en fin, todo lo que se manifiesta en el getah, es al
mismo tiempo menok. La creación es simplemente desdoblada. Desde el
punto de vista cosmogónico, el estadio cósmico calificado de menok es
anterior al estadio getik.”
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En particular, el templo —lugar sagrado por excelencia— tenía un
prototipo celeste. En el monte Sinaí, Jehová muestra a Moisés la “forma”
del santuario que deberá construirle: “Y me harán un santuario, y
moraré en medio de ellos: conforme en todo al diseño del tabernáculo
que te mostraré, y de todas las vasijas para su servicio...”
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“Mira y hazlo
según el modelo que te ha sido mostrado en el monte.”
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Y cuando David
entrega a su hijo Salomón el plano de los edificios del templo, del
tabernáculo y de todos los utensilios, le asegura que “todas estas cosas
me vinieron a mí escritas de la mano del Señor, para que entendiese
todas las obras del diseño”.
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Por consiguiente, vio el modelo celestial.
El más antiguo documento referente al arquetipo de un santuario es
la inscripción de Gudea relacionada con el templo levantado por él en
Lagash. El Rey ve en sueños a la diosa Nidaba que le muestra un panel
en el cual se mencionan las estrellas benéficas, y a un dios que le revela el
plano del templo.” También las ciudades tienen su prototipo divino.
Todas las ciudades babilónicas tenían sus arquetipos en constelaciones:
Sippar, en el Cáncer; Nínive, en la Osa Mayor; Azur, en Arturo,
etcétera.
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Senaquerib manda edificar Nínive según el “proyecto
establecido desde tiempos remotos en la configuración del cielo”. No
sólo hay un modelo que precede a la arquitectura terrestre, sino que
además éste se halla en una “región” ideal (celeste) de la eternidad. Es lo
que proclama Salomón: “Y dijiste que yo edificaría un templo en tu santo
monte y un altar en la ciudad de tu morada, a semejanza de tu santo
tabernáculo, que tú preparaste desde el principio”.
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Una Jerusalén celestial fue creada por Dios antes que la ciudad de
Jerusalén fuese construida por mano del hombre: a ella se refiere el
profeta, en el libro de Baruch, II, 42, 2-7: “¿Crees tú que ésa es la ciudad
de la cual yo dije: ‘Te he edificado en la palma de mis manos’? La
construcción que actualmente se halla en medio de vosotros no es la que
se reveló en Mí, la que estaba lista ya en el momento en que decidí crear
el Paraíso y que mostré a Adán antes de su pecado...”
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La Jerusalén
celeste enardeció la inspiración de todos los profetas hebreos: Tobías,
xiii, 16: Isaías LIX, 11 y siguientes: Ezequiel,
LX
, etcétera. Para mostrarle
la ciudad de Jerusalén, Dios transporta a Ezequiel en una visión extática,