Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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y lo lleva a una montaña muy elevada (
LX
, 6 y siguientes). Y los Oráculos
Sibilinos conservan el recuerdo de la Nueva Jerusalén, en el centro de la
cual resplandece “un templo con una torre gigante que toca las nubes y
todos la ven”.
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Pero la más hermosa descripción de la Jerusalén celestial
se halla en el Apocalipsis (xxi, 2 y siguientes): “Y yo, Juan, vi la ciudad
santa, la Jerusalén nueva, que de parte de Dios descendía del cielo, y
estaba aderezada como una novia ataviada para su esposo”.
Volvemos a encontrar la misma teoría en la India: todas las ciudades
reales hindúes, aun las modernas, están construidas según el modelo
mítico de la ciudad celestial en que habitaba en la Edad de Oro (in illo
tempore) el Soberano Universal. Y, como éste, el rey se esfuerza por hacer
revivir la Edad de Oro, por hacer actual un reino perfecto, idea que
volveremos a encontrar en el curso del presente estudio. Así, por
ejemplo, el palacio fortaleza de Sihagiri, en Ceilán, está edificado según
el modelo de la ciudad celeste de Alakamanda, y es “de muy difícil
acceso para los seres humanos”.
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Asimismo, la ciudad ideal de Platón
tiene también un arquetipo celeste.
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Las “formas” platónicas no son
astrales; pero la región mítica de ésta se coloca, sin embargo, en planos
supraterrestres.
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Así, pues, el mundo que nos rodea, en el cual sentimos
la presencia y la obra del hombre —las montañas a que éste trepa, las
regiones pobladas y cultivadas, los ríos navegables, las ciudades, los
santuarios—, tiene un arquetipo extraterrestre, concebido, ya como un
“plano”, ya como una “forma”, ya pura y simplemente en un nivel
cósmico superior. Pero todo en el “mundo que nos rodea” no tiene un
prototipo de esa especie. Por ejemplo, las regiones desiertas habitadas
por monstruos, los territorios incultos, los mares desconocidos donde
ningún navegante osó aventurarse, etcétera, no comparten con la ciudad
de Babilonia o el nomo egipcio el privilegio de un prototipo diferenciado.
Corresponden a un modelo mítico, pero de otra naturaleza: todas esas
regiones salvajes, incultas, etcétera, están asimiladas al Caos: participan
todavía de la modalidad indiferenciada, informe, de antes de la
Creación. Por eso, cuando se toma posesión de un territorio así, es decir,
cuando se lo empieza a explotar, se realizan ritos que repiten simbólicamente
el acto de la Creación’, la zona inculta es primeramente “cosmizada”, luego
habitada. Pronto volveremos sobre el sentido de los ceremoniales de
toma de posesión de las regiones de reciente descubrimiento. Por el
momento, lo que queremos subrayar es que el mundo que nos rodea,
civilizado por la mano del hombre, no adquiere más validez que la que
debe al prototipo extraterrestre que le sirvió de modelo. El hombre
construye según un arquetipo. No sólo su ciudad o su templo tienen
modelos celestes, sino que así ocurre con toda la región en que mora, con