Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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los ríos que la riegan, los campos que le procuran su alimento, etcétera.
El mapa de Babilonia muestra la ciudad en el centro de un vasto
territorio circular orillado por el río Amargo, exactamente como los
súmeros se representaban el Paraíso.
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Esa participación de las culturas
urbanas en un modelo arquetípico es lo que les confiere su realidad y su
validez.
El establecimiento en una región nueva, desconocida e inculta,
equivale a un acto de creación. Cuando los colonos escandinavos
tomaron posesión de Islandia, land-náma, y la rozaron, no consideraron
ese acto ni como una obra original, ni como un trabajo humano y
profano. La empresa era para ellos la repetición de un acto primordial: la
transformación del caos en Cosmos por el acto divino de la Creación. Al
trabajar la tierra desierta repetían de hecho el acto de los dioses, que
organizaban el caos dándole formas y normas.
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Aun más: una conquista
territorial sólo se convierte en real después del (más exactamente: por el)
ritual de toma de posesión, el cual no es sino una copia del acto
primordial de la Creación del Mundo. En la India védica, se tomaba
legalmente posesión de un territorio mediante la erección de un altar
dedicado a Agni.
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“Se dice que se han instalado (avasyatí) cuando han
construido un gar-hapatya, y todos los que construyen el altar del fuego
se han establecido (avasitáh).
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Pero la erección de un altar dedicado a
Agni no es más que la imitación microcósmica de la Creación. Además,
un sacrificio cualquiera es, a su vez, la repetición del acto de la Creación,
como nos lo afirman explícitamente los textos hindúes.
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Los
“conquistadores” españoles y portugueses tomaban posesión, en nombre
de Jesucristo, de las islas y de los continentes que descubrían y
conquistaban. La instalación de la Cruz equivalía a una “justificación” y
a la “consagración” de la religión, a un “nuevo nacimiento”, repitiendo
así el bautismo (acto de creación). A su vez, los navegantes británicos
tomaban posesión de las regiones conquistadas en nombre del rey de
Inglaterra, nuevo Cosmocrátor.
La importancia de los ceremoniales védicos, escandinavos o
romanos, se nos presentará más claramente cuando examinemos por sí
mismo el sentido de la repetición de la Creación, acto divino por
excelencia. Por el momento, retengamos sólo un hecho: todo territorio
que se ocupa con el fin de habilitarlo o de utilizarlo como “espacio vital”
es previamente transformado de “caos” en “cosmos”; es decir, que, por
efecto del ritual, se le confiere una “forma” que lo convierte en real.
Evidentemente, la realidad se manifiesta, para la mentalidad arcaica,
como fuerza, eficacia y duración. Por ese hecho, lo real por excelencia es
lo sagrado; pues sólo lo sagrado es de un modo absoluto, obra