Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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a extenderse de un punto central.
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La creación del hombre ocurre
igualmente en un punto central. Según la tradición mesopotámica, el
hombre fue hecho en el “ombligo de la tierra”, en UZU (carne)
SAR
(lazo)
KI
(lugar, tierra), donde se encuentra también Dur-an-ki, el “lazo entre el
Cielo y la Tierra”.
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Ormuz crea el buey primordial, Evagdath, así como
el hombre primordial, Gajomard, en el centro del mundo.
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El Paraíso era
el “ombligo de la Tierra” y, según una tradición siria, se hallaba “en una
montaña más alta que todas las demás”.
51
Según el libro sirio La Caverna,
de los Tesoros, Adán fue creado en el centro de la tierra, en el lugar mismo
donde había de levantarse más tarde la cruz de Jesús.
52
Las mismas
tradiciones han sido conservadas por el judaismo.
53
El apocalipsis
judaico y la midrash precisan que Adán fue hecho en Jerusalén.
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Como
Adán fue inhumado en el mismo lugar en que fue creado, es decir, en el
centro del mundo, en el Gólgota, la sangre del Salvador —como ya lo
hemos visto— lo rescatará también.
REPETICIÓN DE LA COSMOGONÍA
El “Centro” es, pues, la zona de lo sagrado por excelencia, la de la
realidad absoluta. Todos los demás símbolos de la realidad absoluta
(Árboles de Vida y de la Inmortalidad, Fuente de Juvencia, etcétera) se
hallan igualmente en un Centro. El camino que lleva al centro es un
“camino difícil” (durohana), y esto se verifica en todos los niveles de lo
real: circunvoluciones dificultosas de un templo (como el de Barabu-
dur); peregrinación a los lugares santos (La Meca, Hardward, Jerusalén,
etcétera); peregrinaciones cargadas de peligros de las expediciones
heroicas del Vellocino de Oro, de las Manzanas de Oro, de la Hierba de
Vida, etcétera; extravíos en el laberinto; dificultades del que busca el
camino hacia el yo, hacia el “centro” de su ser, etcétera. El camino es
arduo, está sembrado de peligros, porque, de hecho, es un rito del paso
de lo profano a lo sagrado; de lo efímero y lo ilusorio a la realidad y la
eternidad; de la muerte a la vida; del hombre a la divinidad. El acceso al
“centro” equivale a una consagración, a una iniciación; a una existencia
ayer profana e ilusoria, sucede ahora una nueva existencia real, duradera
y eficaz.
Si mediante el acto de la Creación se cumple el paso de lo no
manifestado a lo manifestado o, hablando en términos cosmológicos, del
Caos al Cosmos; si la Creación, en toda la extensión de su objeto, se
efectuó a partir de un “centro”; si, en consecuencia, todas las variedades