Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Todo ritual tiene un modelo divino, un arquetipo; el hecho es
suficientemente conocido para que nos baste con recordar algunos
ejemplos: “Debemos hacer lo que los dioses hicieron al principio”.
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“Así
hicieron los dioses; así hacen los hombres.”
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Este adagio hindú resume
toda la teoría subyacente en los ritos de todos los países. Encontramos
esta teoría tanto en los pueblos llamados “primitivos” como en las
culturas evolucionadas. Los aborígenes del sudeste de Australia, por
ejemplo, practican la circuncisión con un cuchillo de piedra, porque así
se lo enseñaron sus antepasados míticos;
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los negros amazulúes hacen lo
mismo, porque Unkulunkulu (héroe civilizador) decretó in illo tempore:
“Los hombres deben estar circuncisos para no ser semejantes a los
niños”.
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La ceremonia Hako de los indios paunis, tan admirablemente
estudiada por Alice Fletcher, fue revelada a los sacerdotes por Tirawa, el
Dios supremo, al principio de los tiempos. Entre los salvajes de
Madagascar, “todas las costumbres y ceremonias familiares, sociales,
nacionales, religiosas, deben ser observadas conforme al lilin-draza, es
decir, a las costumbres establecidas y a las leyes no escritas heredadas de
los antepasados...”.
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Es inútil multiplicar los ejemplos: se considera que
los actos religiosos han sido fundados por los dioses, héroes civilizados o
antepasados míticos.
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Dicho sea de paso, entre los “primitivos” no sólo
los rituales tienen su modelo mítico, sino que cualquier acción humana
adquiere su eficacia en la medida en que repite exactamente una acción
llevada a cabo en el comienzo de los tiempos por un dios, un héroe o un
antepasado. Al final del presente capítulo volveremos sobre esas
acciones ejemplares que los hombres no hacen más que repetir sin cesar.
Decíamos, no obstante, que semejante “teoría” no justifica el ritual
solamente en las culturas “primitivas”. En el Egipto de los últimos siglos,
por ejemplo, el poder del rito y del verbo que poseían los sacerdotes se
debía a que aquéllos eran imitación de la hazaña primordial del dios
Thot, que había creado el mundo por la fuerza de su Verbo. La tradición
irania sabe que las fiestas religiosas fueron instauradas por Ormuz para
conmemorar los actos de la Creación del Cosmos, la cual duró un año. Al
final de cada período, que representaba respectivamente la creación del
cielo, de las aguas, de la tierra, de las plantas, de los animales y del
hombre, Ormuz descansaba cinco días, instaurando así las principales
fiestas mazdeanas.
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El hombre no hace más que repetir el acto de la
Creación; su calendario religioso conmemora, en el espacio de un año,
todas las fases cosmogónicas que ocurrieron ab origine. De hecho, el año
sagrado repite sin cesar la Creación, el hombre es contemporáneo de la
cosmogonía y de la antropogonía, porque el ritual lo proyecta a la época
mítica del comienzo. Una bacante imita mediante sus ritos orgiásticos el