Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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No obstante, ni la movilidad del principio del Nuevo Año (marzo-
abril, 19 de julio —como en el antiguo Egipto—, septiembre, octubre,
diciembre-enero, etcétera), ni la diversidad de las duraciones atribuidas
al año por los diferentes pueblos, conseguían reducir al mínimo la
importancia que en todos los países tenían el fin de un período de
tiempo y el principio de un nuevo período; fácil es comprender entonces
que nos sea indiferente, por ejemplo, que la población africana de los
yoruba divida el año en estación seca y estación de las lluvias, y que la
“semana” tenga cinco días en vez de ocho para los ded calabar; o que los
warumbi distribuyan los meses según las lunaciones y obtengan así un
año de unos trece meses; o también que los ahanta repartan cada mes en
dos períodos de diez días (o de nueve días y medio), etcétera. Para
nosotros lo esencial es que en todas partes existe una concepción del fin
y del comienzo de un período temporal, fundado en la observación de
los ritmos biocósmicos, que se encuadran en un sistema más vasto, el de
las purificaciones periódicas (cf. purgas, ayunos, confesión de los
pecados, etcétera, al consumir la nueva cosecha) y de la regeneración
periódica de la vida. Esa necesidad de una regeneración periódica nos
parece en sí misma bastante significativa. Los ejemplos que vamos a
proponer al instante nos revelarán, sin embargo, algo mucho más
importante, a saber, que una regeneración periódica del tiempo
presupone, en forma más o menos explícita, y en particular en las
civilizaciones históricas, una Creación nueva, es decir, una repetición del
acto cosmogónico. Y esa concepción de una creación periódica, esto es,
de la regeneración cíclica del tiempo, plantea el problema de la abolición
de la “historia”, que es precisamente el que nos preocupa en primer
término en el presente ensayo.
Los lectores familiarizados con la etnografía y la historia de las
religiones no ignoran la importancia de toda una serie de ceremonias
periódicas que, por comodidad de exposición, podemos clasificar bajo
dos grandes títulos: 1° expulsión anual de los demonios, enfermedades y
pecados; 2° rituales de los días que preceden y siguen al Año Nuevo. En
uno de los volúmenes de La rama dorada (parte vi, El chivo emisario), Sir
James George Frazer ha agrupado a su modo suficiente número de
hechos de ambas categorías. No se trata de rehacer ese legajo en las
páginas que siguen. En líneas generales, la ceremonia de la expulsión de
los demonios, enfermedades y pecados puede resumirse en los
elementos siguientes: ayuno, abluciones y purificaciones, extinción del
fuego y su reanimación ritual en una segunda parte del ceremonial;
expulsión de los “demonios” por medio de ruidos, gritos, golpes (en el
interior de las habitaciones), seguida de la persecución de aquéllos,