Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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“suerte” de los meses por venir. El Cristo santifica las aguas el día de la
Epifanía, en tanto que los días de Pascua y de Año Nuevo eran las fechas
habituales del bautismo en el cristianismo primitivo. (El bautismo
equivale a una muerte ritual del hombre antiguo seguida de un nuevo
nacimiento. En el plano cósmico equivale al diluvio: abolición de los
contornos, fusión de todas las formas, regresión a lo amorfo.) Efrem el
Sirio advirtió con claridad el misterio de esa repetición anual de la
Creación e intentó explicarla: “Dios ha creado de nuevo los cielos porque
los pecadores han adorado los cuerpos celestes; Él ha creado de nuevo el
mundo que había sido deshonrado por Adán; Él ha edificado una nueva
creación con su propia saliva”.
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Ciertas huellas del antiguo escenario del combate y de la victoria de
la divinidad sobre el monstruo marino, encarnación del caos, pueden
descifrarse igualmente en el ceremonial israelita del Año Nuevo, tal cual
se ha conservado en el culto jerosolimitano. Recientes investigaciones
(Mowinckel, Pederson, Hans Schmidt, A. R. Johnson, etcétera.) han
apartado los elementos rituales y las implicaciones cosmogónico-
escatológicas de los Salmos y han mostrado el papel desempeñado por el
rey de la fiesta de Año Nuevo, en que se conmemoraba el triunfo de
Yahué, jefe de las fuerzas de la luz, sobre las fuerzas de las tinieblas (el
caos marino, el monstruo primordial Rahab). A ese triunfo seguía la
entronización de Yahué como rey y la repetición del acto cosmogónico.
La muerte del monstruo Rahab y la victoria sobre las Aguas (que
significa la organización del mundo) equivalían a la creación del Cosmos
y al mismo tiempo a la “salvación” del hombre (victoria sobre la
“Muerte”, garantía de la alimentación para el año por venir, etcétera).
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Limitémonos por el momento a observar entre esos vestigios de cultos
arcaicos la repetición periódica (“la revolución del año”, Éxodo, 34, 22; la
“salida” del año, ibid., 23,16) de la Creación (pues el combate contra
Rahab presupone la reactualización del Caos primordial, mientras que la
victoria sobre las “profundidades acuáticas” sólo puede significar el
establecimiento de las “formas firmes”, es decir, la Creación).
Ulteriormente veremos que en la conciencia del pueblo hebreo esa
victoria cosmogónica se convierte en la victoria sobre los reyes
extranjeros presentes y por venir; la cosmogonía justifica el mesianismo
y el apocalipsis, y echa así las bases de una filosofía de la historia.
El hecho de que esa “salvación” periódica del hombre halle un
equivalente inmediato en la garantía de la alimentación para el año por
venir (consagración de la nueva cosecha) no debe hipnotizarnos hasta el
punto de no ver en ese ceremonial más que los vestigios de una fiesta
agraria “primitiva”. En efecto, por un lado la alimentación tenía en todas