Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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las sociedades arcaicas su significación ritual; lo que llamamos “valores
vitales” era más bien expresión de una ontología en términos biológicos;
para el hombre arcaico, la vida es una realidad absoluta y, como tal, es
sagrada. Por otro lado, el Año Nuevo, la fiesta llamada de los
Tabernáculos (hag hasukkot), fiesta de Yahué por excelencia,
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se
celabraba el decimoquinto día del séptimo mes,
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es decir, cinco días
después del iom ha-kippurim
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y su ceremonial del chivo emisario. Ahora
bien: es difícil separar esos dos momentos religiosos, la eliminación de
los pecados de la colectividad y la fiesta del Nuevo Año, sobre todo si se
tiene en cuenta que, antes de la adopción del calendario babilónico, el
séptimo mes era el primero del calendario israelita. Era costumbre en la
celebración del iom ha-kippurim, que las jóvenes fuesen a bailar y a
divertirse fuera de los límites del pueblo o de la ciudad, y en esa
oportunidad se combinaban los casamientos. Pero también ese día se
toleraba una multitud de excesos, a veces hasta orgiásticos, que nos
recuerdan tanto la fase última del akitn (celebrada también fuera de la
ciudad), como las licencias de regla en todas partes durante los
ceremoniales del Nuevo Año.
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Casamientos, licencia sexual, purificación colectiva por la confesión
de los pecados y la expulsión del chivo emisario, consagración de la
nueva cosecha, entronización de Yahué y conmemoración de su victoria
sobre la “Muerte” eran otros tantos momentos de un vasto sistema
ceremonial. La ambivalencia y la polaridad de esos episodios (ayuno y
excesos, tristeza y alegría, desesperación y orgía, etcétera) no hacen más
que confirmar su función complementaria en el cuadro de ese mismo
sistema. Pero los momentos capitales siguen siendo sin discusión la
purificación por el chivo emisario y la repetición del acto cosmogónico
por Yahué; todo lo demás no es sino la aplicación, en planos diferentes, y
en respuesta a necesidades diferentes, del mismo ademán arquetípico, a
saber, la regeneración del mundo y de la vida por la repetición de la
Cosmogonía.
LA PERIODICIDAD DE LA CREACIÓN
La creación del mundo se produce, pues, cada año. “Alá es aquel
que efectúa la Creación; luego es él que la repite”, dice el Corán (sura IV,
4). Esa eterna repetición del acto cosmogónico, que transforma cada
Nuevo Año en inauguración de una Era, permite el retorno de los
muertos a la vida y mantiene la esperanza de los creyentes en la